Aterricé en España el lunes 12 y ya echo de menos Bissau. Allí han quedado mi marido y las perritas, a las que no veré hasta dentro de casi un mes. Añoraba el frío castellano, del que estoy recibiendo mi parte, y ahora extraño el calor de allí. Para vengarse de mi huída del país, me picaron mil bichos los pies, y me dejaron acribillada. Creo que se apostaron en el aeropuerto y hasta que no me dejaron un recuerdo duradero no pararon.
Durante los últimos días, disfruté viendo en las calles luces de colores, festejando la tan próxima Navidad; sentí nostalgia de la tierra y me pareció magnífico venir a preparar la casa para estas fiestas. Pero ahora, tan lejos de mis otros tres cuartos, la ostentación lumínica de España me parece excesiva, y la discreta sorpresa de las escasas luces guineenses, privadas y alimentadas con gasoil, tiene un toque de intimidad sorprendente. Polvo rojo y luces navideñas a más de treinta grados para recordar nieblas blancas y luces brillantes. Y sin grados, porque en Madrid creo que se han olvidado de encender la calefacción.
Así que nunca está una conforme del todo. Lo cierto es que la distancia, esta vez, me ha venido bien. Tendré tiempo para reflexionar y para adquirir perspectiva sobre mi vida allí, reformar ideas y adoptar nuevas posiciones ante los retos que la vida africana me depara. Porque el cambio es tanto que a veces parece que no podré digerirlo, y sin embargo ahora, desde la distancia, siento añoranza, y pienso que ésa es una buena señal: en la balanza, al menos, pesan lo mismo lo bueno y lo complicado. Claro que tener allí a los seres queridos ayuda a inclinarla.
miércoles, 21 de diciembre de 2011
viernes, 9 de diciembre de 2011
Africanner
Hay días en Bissau que me despierto apasionada de África. A pesar del calor y los, de momento, pocos espacios de ocio para nosotros que tiene el país. A pesar de la pereza que da coger el coche para ir a hacer algo. Esa pasión aparece de pronto y a mi marido le asombra.
Ocurre, sobre todo, como ayer, cuando él conduce por el centro de la ciudad y voy mirando las calles. Bandim me fascina, y a veces me entran ganas locas de bajar y empezar a pasear entre los puestos del mercado para ver qué venden. Me mata la curiosidad, porque se abre en mil pasadizos entre puesto y puesto. En cuanto sepa algo de criollo (o mucho) lo haré, acompañada, claro, por alguien del país para no perderme en el laberinto multicolor.
Otras veces, más inconsciente aún, me entra la gula. Cuando miro los puestos de la calle, están salpicados de pequeños vendedores que ofrecen comida preparada: arroz con o sin salsa, carne grillada (en barbacoa), pescado seco, bolsitas de plástico con zumo de cabeçera y otras frutas que tienes que morder por una esquina para beber, huevos cocidos, pan reciente y variedades de bizcochos y bollitos. Los guineenses son golosos, y en cualquier esquina hay montañas de bizcochos recientes. Cuando llega la noche (la nuit tombe, del francés, es más exacto) los vendedores ponen en el centro, entre las barras de pan, una vela, y toda la comida toma un tono rojizo llamativo.
Puede que un día me suelte la melena y decida arriesgar mi estómago frágil de blanca en Bandim, probando todo lo que llame mi atención y comprando harina de arroz al peso, chabéu, malagueta y otros sugerentes ingredientes de la comida tradicional guineense. Pollo no, ni cabrito, porque te lo venden vivo y tengo que matarlo, y sé que terminaría en casa jugando con las perras y a mi marido le daría un pasmo. Pero si está muerto o seco, valdrá.
Un día seré medio africana, con ropa del mercadillo de Bandim y comiendo a dos carrillos la comida de la calle. Aunque luego, europea debilucha como soy, me caiga muerta.
Ocurre, sobre todo, como ayer, cuando él conduce por el centro de la ciudad y voy mirando las calles. Bandim me fascina, y a veces me entran ganas locas de bajar y empezar a pasear entre los puestos del mercado para ver qué venden. Me mata la curiosidad, porque se abre en mil pasadizos entre puesto y puesto. En cuanto sepa algo de criollo (o mucho) lo haré, acompañada, claro, por alguien del país para no perderme en el laberinto multicolor.
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| Cruce de Chapas con Bandim |
Otras veces, más inconsciente aún, me entra la gula. Cuando miro los puestos de la calle, están salpicados de pequeños vendedores que ofrecen comida preparada: arroz con o sin salsa, carne grillada (en barbacoa), pescado seco, bolsitas de plástico con zumo de cabeçera y otras frutas que tienes que morder por una esquina para beber, huevos cocidos, pan reciente y variedades de bizcochos y bollitos. Los guineenses son golosos, y en cualquier esquina hay montañas de bizcochos recientes. Cuando llega la noche (la nuit tombe, del francés, es más exacto) los vendedores ponen en el centro, entre las barras de pan, una vela, y toda la comida toma un tono rojizo llamativo.
Puede que un día me suelte la melena y decida arriesgar mi estómago frágil de blanca en Bandim, probando todo lo que llame mi atención y comprando harina de arroz al peso, chabéu, malagueta y otros sugerentes ingredientes de la comida tradicional guineense. Pollo no, ni cabrito, porque te lo venden vivo y tengo que matarlo, y sé que terminaría en casa jugando con las perras y a mi marido le daría un pasmo. Pero si está muerto o seco, valdrá.
Un día seré medio africana, con ropa del mercadillo de Bandim y comiendo a dos carrillos la comida de la calle. Aunque luego, europea debilucha como soy, me caiga muerta.
lunes, 5 de diciembre de 2011
Entretanto
| Hermosa y típica vista de la Cidade Velha |
Aquí hace menos calor y se disfruta del mar (se ven las olas) que el eterno manglar de Bissau nos niega. Y nos hablan del buen ambiente de la colonia de expatraidos, que se reúne frecuentemente para realizar barbacoas y eventos varios.Y hay menos bichos, por ende menos enfermedades.
A pesar de ello, es África también, y los materiales de construcción y las estructuras de las casa son similares, aunque las islas están mucho más urbanizadas. Tienen también problemas de abastecimiento de agua y luz, aunque menores. El ambiente y el tiempo africanos son iguales, con un criollo distinto y un portugués similar. Praia está entre África y Europa. Y eso no es malo, sino enormemente bueno.
Bissau es verde a rabiar, frente a la sequedad que ya presenta Praia, y la gente es más afable, o eso parece. Para nosotros, lógicamente, es más familiar. No sabría con cuál quedarme, ya que, al fin y al cabo, son hermanas de padre. Y con respecto a la colonia blanca de Bissau, lo que me parece es que deberíamos realizar más actividades de confraternización allá, para tener un ambiente que evite a los recién llegados sentirse solos. Tal vez más demanda daría lugar a más oferta. Sólo tal vez. En eso, que no compete al país africano, sino a nosotros mismos, tirón de orejas para los expatriados.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Compás de espera
Desde hace unos días se viene hablando en Bissau de la salud (o la falta de salud) del presidente de la República, Malam Bacai Sanha. Fue hospitalizado en Dakar hace seis días y de allí partió al hospital militar de Val-de-Grâce, en París. Esa noticia no ha sido nada prometedora. Como ya dije una vez, lo mejor que le puede pasar a este país es que no pase nada.
A raíz de su ingreso parece que todo el mundo va tomando posiciones, hay destituciones y viajes no programados, y el Ejército está silencioso en sus cuarteles, lo cual no parece buena señal. Tanto por nuestra seguridad como por el bien del país, la estabilidad era atisbo de mejoría; incluso favorecía la llegada de ayuda internacional. Ahora, sin embargo, la posible muerte del Presidente hace crecer el miedo a un nuevo golpe de Estado, y con él llegaría el fin de una pequeña época dorada y Guinea-Bissau retrocedería hasta 2009.
No voy a negar que la incertidumbre de un golpe de Estado me atosiga, y que me inquieto por mí y por mi familia. Pero también me da pena pensar que el egoísmo de políticos y militares que velan por sus intereses principlamente y que son acusados de corrupción desde algunas instancias, pueda impedir el avance de un país cuyo futuro podría ser muy prometedor dada su riqueza natural, la belleza de su paisaje y la amabilidad de su gente. Que haya dirigentes que no vean más allá del momento presente.
Si fueran capaces de avanzar hacia una democracia real, asegurarían, tanto los políticos como los militares y sus descendientes, una vida mucho mejor, incluso dentro de Bissau. En Europa, la mayoría de los ricos ricos aspira a vivir lujosamente en su tierra. En este país, la gente sueña con tener dinero para marchar a gastarlo en el extranjero y vive en esta tierra que ama poderosamente pero con las estrecheces que conllevan la ausencia de agua corriente, higiene y sanidad, carencias que afectan tanto a ricos como a pobres.
No quiero que suene todo esto a lamento. Ya sabremos qué pasa, y probablemente en poco tiempo. Me gustaría pensar que, como se ha dicho en los últimos meses, el país evoluciona hacia un mayor desarrollo y una mayor estabilidad. Pero si esta reflexión sirviera para que, venga quien venga después, convirtiera en ejes del nuevo gobierno la educación y la salud, la vida en Guinea-Bissau daría un giro vertiginoso y se convertiría en un reflejo del paraíso.
A raíz de su ingreso parece que todo el mundo va tomando posiciones, hay destituciones y viajes no programados, y el Ejército está silencioso en sus cuarteles, lo cual no parece buena señal. Tanto por nuestra seguridad como por el bien del país, la estabilidad era atisbo de mejoría; incluso favorecía la llegada de ayuda internacional. Ahora, sin embargo, la posible muerte del Presidente hace crecer el miedo a un nuevo golpe de Estado, y con él llegaría el fin de una pequeña época dorada y Guinea-Bissau retrocedería hasta 2009.
No voy a negar que la incertidumbre de un golpe de Estado me atosiga, y que me inquieto por mí y por mi familia. Pero también me da pena pensar que el egoísmo de políticos y militares que velan por sus intereses principlamente y que son acusados de corrupción desde algunas instancias, pueda impedir el avance de un país cuyo futuro podría ser muy prometedor dada su riqueza natural, la belleza de su paisaje y la amabilidad de su gente. Que haya dirigentes que no vean más allá del momento presente.
Si fueran capaces de avanzar hacia una democracia real, asegurarían, tanto los políticos como los militares y sus descendientes, una vida mucho mejor, incluso dentro de Bissau. En Europa, la mayoría de los ricos ricos aspira a vivir lujosamente en su tierra. En este país, la gente sueña con tener dinero para marchar a gastarlo en el extranjero y vive en esta tierra que ama poderosamente pero con las estrecheces que conllevan la ausencia de agua corriente, higiene y sanidad, carencias que afectan tanto a ricos como a pobres.
No quiero que suene todo esto a lamento. Ya sabremos qué pasa, y probablemente en poco tiempo. Me gustaría pensar que, como se ha dicho en los últimos meses, el país evoluciona hacia un mayor desarrollo y una mayor estabilidad. Pero si esta reflexión sirviera para que, venga quien venga después, convirtiera en ejes del nuevo gobierno la educación y la salud, la vida en Guinea-Bissau daría un giro vertiginoso y se convertiría en un reflejo del paraíso.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Cambios
Pasado momento del cambio electoral, he comenzado a fijarme en los cambios que se han operado en Bissau en los últimos días. Las lluvias se han ido sin despedirse, parece que faltó la "lluvia fina que moja los huesos de los difuntos", que claramente debería de haber caído el 1 o 2 de noviembre (no lo hizo), y la escasez de agua este año (quién lo diría) preocupa a la población. Dicen que empezó a llover muy tarde (antes era en mayo, este año se retrasó hasta finales de junio) y que ha llovido poco. Primer cambio: el cambio climático universal.
La lluvia se va, pues, y deja paso al polvo. Me hubiera gustado tomar una instantánea de guineenses protegidos por máscaras o pañuelos para que fuerais conscientes de lo molesto que resulta, pero sólo he sacado polvo a través del cristal. La tierra es rojiza y muy volátil, y la falta de asfalto hace que todo Bissau esté a veces entre tinieblas encarnadas. A veces cuesta ver más allá de un palmo, y aún más distinguir a la población que camina por calzadas sin aceras ni espacio para deambular mínimamente protegidos. Parecen espíritus. Lo bueno es que la temperatura baja. O eso dicen. Segundo cambio climático, pero autóctono.
Isi, la perrita adoptada, se marchó al poco de llegar nosotros. He de decir que mi mini schnauzer lo ha agradecido muchísimo, pero los humanos echamos en falta sus ladridos. En una casa sin timbre, era el mejor aviso contra intrusos. Espero que ella nos eche de menos un poco, al menos por el jardín que tenemos. Tercer cambio: volvemos a ser los mismos de antes (en número, en lo demás somos cada día mejores, je)
La casa avanza despacio, olvidé traer una sierra radial para la encimera de la cocina (¿a qué mujer se le puede olvidar eso, eh?) y aquí no es fácil encontrar una. Ni difícil. Llevo buscando casi una semana. Y ya tenemos tele, quiero decir que ya vemos el canal internacional de Televisión española, que es hasta donde llega la tecnología. Ahora habrá que hacer un club de expatriados para que dejen de poner bazofia en horas punta. Odio Águila roja y Amar en tiempos revueltos. He dicho. Cuarto cambio: a veces sabemos qué pasa en España (¿seguro?).
Algunos españoles se van, por fin de contrato o concurso de traslados (semos funcionarios en todas partes) y empezamos con las despedidas. Supongo que en breve (en enero) haremos recibimientos. Quinto cambio: cambio a lo Julio Iglesias: unos que vienen…
Hay un cambio que espero que ocurra, no en Bissau, sino en España, y es que mi madre recupere la movilidad de la mano izquierda, de la que se operó ayer. Creo que quiere empezar el año con mejor mano. Será, a diferencia de los otros, un cambio a todas luces para mejor.
En el gobierno, de momento, las cosas no cambian. Contrariamente a Europa, donde se piensa que mudando de presidente variarán los mercados (con el hambre que tienen, lo dudo), aquí que se mantenga el mismo es toda una proeza y un atisbo de mejoría. Así que el mayor cambio, en Bissau, es que en fondo no ha cambiado nada.
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| ¿Lo intuís, ahí, a la derecha? |
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| Isi, el día antes de irse |
La casa avanza despacio, olvidé traer una sierra radial para la encimera de la cocina (¿a qué mujer se le puede olvidar eso, eh?) y aquí no es fácil encontrar una. Ni difícil. Llevo buscando casi una semana. Y ya tenemos tele, quiero decir que ya vemos el canal internacional de Televisión española, que es hasta donde llega la tecnología. Ahora habrá que hacer un club de expatriados para que dejen de poner bazofia en horas punta. Odio Águila roja y Amar en tiempos revueltos. He dicho. Cuarto cambio: a veces sabemos qué pasa en España (¿seguro?).
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| Greta, después de que Isi se fuera |
Hay un cambio que espero que ocurra, no en Bissau, sino en España, y es que mi madre recupere la movilidad de la mano izquierda, de la que se operó ayer. Creo que quiere empezar el año con mejor mano. Será, a diferencia de los otros, un cambio a todas luces para mejor.
En el gobierno, de momento, las cosas no cambian. Contrariamente a Europa, donde se piensa que mudando de presidente variarán los mercados (con el hambre que tienen, lo dudo), aquí que se mantenga el mismo es toda una proeza y un atisbo de mejoría. Así que el mayor cambio, en Bissau, es que en fondo no ha cambiado nada.
lunes, 21 de noviembre de 2011
Elecciones
Ayer seguimos de lejos, de muy lejos, las elecciones españolas. El triunfo aplastante del PP y la debacle del PSOE. Asistimos al proceso con la melancolía del que está lejos, pero sobre todo con la indignación del expatriado que, como una gran mayoría de los que andan por el mundo, se ha quedado sin poder ejercer su derecho al voto por alguna razón extraña que no alcanzamos a entender.
En la reunión para hacer el seguimiento de los resultados electorales hubo un denominador común: esta democracia española está coja, pero muy coja. Mal funciona una conciencia democrática si el gobierno de un país no vela porque todos sus ciudadanos puedan votar. Otras reivindicaciones comunes fueron la necesidad de reformar el sistema electoral, pedir las famosas listas abiertas y, de una vez, que a cada persona le corresponda un voto. Ya está bien de maquillajes y jueguecitos. Todos, ciudadanos normales y políticos de turno, necesitamos tener las mismas oportunidades, y eso significa también acceder de forma igualitaria al derecho democrático.
Dicho esto, ahora nos queda la inmensa incertidumbre de lo que queda por venir. Habrá que hacerse fuertes y aguantar el embate. Que será fuerte.
En la reunión para hacer el seguimiento de los resultados electorales hubo un denominador común: esta democracia española está coja, pero muy coja. Mal funciona una conciencia democrática si el gobierno de un país no vela porque todos sus ciudadanos puedan votar. Otras reivindicaciones comunes fueron la necesidad de reformar el sistema electoral, pedir las famosas listas abiertas y, de una vez, que a cada persona le corresponda un voto. Ya está bien de maquillajes y jueguecitos. Todos, ciudadanos normales y políticos de turno, necesitamos tener las mismas oportunidades, y eso significa también acceder de forma igualitaria al derecho democrático.
Dicho esto, ahora nos queda la inmensa incertidumbre de lo que queda por venir. Habrá que hacerse fuertes y aguantar el embate. Que será fuerte.
martes, 15 de noviembre de 2011
Televisión
Casi había olvidado la noche de Bissau. Y no hablo de la noche fiestera, sino del caer del día, que ocupa desde las siete de la tarde hasta casi medianoche. Tiene un encanto especial, que me recuerda por qué aún me fascina el país. En una tierra donde se carece de todo: electricidad, agua, comodidades… la gente busca el medio de estar al día e informado. Una opción es la radio, que en estos lares hace furor; por la calle se ven cientos de personas con una radio a pilas pegada a la oreja. Entonces entiendes el valor de las ondas, que dan la vida a un pueblo que no puede pagar otro medio de comunicación. Pero verdaderamente llamativo es cómo suplen la carencia de televisión. Y ahí es donde se unen la noche y la información.
Cuando cae la noche, las tascas y tiendecitas que tienen electricidad se iluminan con luces tenues; las tiendas con luces blancas, los bares con azules, verdes y rosas. Al fondo de algunas de estas instalaciones, que pueden ser desde chabolas a contenedores rehabilitados con terraza, se ve parpadear una luz ante la que se agolpa la gente: son las televisiones. Aquí, como todas las cosas, la información tiene un precio, y ver la televisión cuesta dinero. Concretamente, desde 50 francos cefas, lo que equivale a unos siete céntimos de euro con cincuenta. La gente paga sus francos y, a veces portando su propio mini taburete, se sienta delante de la caja que aquí llamamos “tonta” para recibir información y ver el mundo desde la ventana parpadeante del televisor.
En un país sin cines, ni posibilidad de tener otros recursos, una tele y, a veces, un vídeo o DVD convierten un cuarto en una improvisada sala de proyecciones donde se ven películas o sesiones de televisión. Ganan en interés los partidos de fútbol y las telenovelas, aunque también los informativos.
Es verdaderamente curioso ver a la población sentada en montoncitos, sus cabezas iluminadas por la luz suave que proyecta el aparato, con un silencio casi reverente, como islas en el frenesí de compra-venta que puebla la noche de Bissau. Con un espacio para ver y soñar, pero también para saber. Por eso, además de las telenovelas, la televisión africana en lengua portuguesa está llena de informativos y documentales. Como en España hace años, cuando la telebasura no nos había invadido. Ah, y algún concurso millonario. Eso sí hace furor.
Cuando cae la noche, las tascas y tiendecitas que tienen electricidad se iluminan con luces tenues; las tiendas con luces blancas, los bares con azules, verdes y rosas. Al fondo de algunas de estas instalaciones, que pueden ser desde chabolas a contenedores rehabilitados con terraza, se ve parpadear una luz ante la que se agolpa la gente: son las televisiones. Aquí, como todas las cosas, la información tiene un precio, y ver la televisión cuesta dinero. Concretamente, desde 50 francos cefas, lo que equivale a unos siete céntimos de euro con cincuenta. La gente paga sus francos y, a veces portando su propio mini taburete, se sienta delante de la caja que aquí llamamos “tonta” para recibir información y ver el mundo desde la ventana parpadeante del televisor.
En un país sin cines, ni posibilidad de tener otros recursos, una tele y, a veces, un vídeo o DVD convierten un cuarto en una improvisada sala de proyecciones donde se ven películas o sesiones de televisión. Ganan en interés los partidos de fútbol y las telenovelas, aunque también los informativos.
Es verdaderamente curioso ver a la población sentada en montoncitos, sus cabezas iluminadas por la luz suave que proyecta el aparato, con un silencio casi reverente, como islas en el frenesí de compra-venta que puebla la noche de Bissau. Con un espacio para ver y soñar, pero también para saber. Por eso, además de las telenovelas, la televisión africana en lengua portuguesa está llena de informativos y documentales. Como en España hace años, cuando la telebasura no nos había invadido. Ah, y algún concurso millonario. Eso sí hace furor.
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