Durante el tiempo que he estado en Bissau, los informativos de las cadenas internacionales (RTP, France, RTVE, etc) no han dejado de informar sobre esta enfermedad. En España, la mayoría de los amigos y familiares nos han preguntado preocupados cómo está el tema aquí. Y en el país las personas se interesan por la existencia de planes de evacuación o por las medidas que se están tomando. Nadie es ajeno a la situación delicada que vivimos.
Es cierto que el Ébola es un problema de dimensiones mayores de las que podemos imaginarnos tanto en este país como en el resto del mundo. Nadie se plantea seriamente el riesgo de la extensión de una enfermedad que parece incontrolable si no se inmobiliza a la población, que se mueve silenciosamente y avanza con rapidez sin una cura real por el momento. El verdadero drama, sin embargo, está lo difícil que resulta tomar las medidas más básicas en países donde no hay transfusiones, suero, hospitales en buenas condiciones...
Voy a intentar explicarlo. Hace unas dos semanas pusieron en una cadena imágenes de médicos intentando enseñar a la población de Liberia, creo, qué hacer si algún familiar o ellos mismos se encontraban enfermos. El doctor lo explicaba en la lengua oficial del país, alguien por detrás repetía en la lengua indígena, y a la vez mostraban a la gente dibujos de todo aquello que intentaban transmitir. Me inundó una tremenda sensación de tristeza. La mayor parte de las personas afectadas son gente humilde que vive en poblados, con poca formación, que no entienden las lenguas oficiales porque hablan la de su etnia, que no comprenden lo que les quieren explicar porque sencillamente algunos consejos (no comer animales o matar a todos si uno de ellos está enfermo, cuando en muchos casos son la única fuente de proteínas o de subsistencia, no cuidar a los seres queridos, enterrar a las personas sin embalsamarlas ni llorarlas el tiempo necesario, no tocarse... yo qué sé) les son imposibles de comprender. No conciben la vida sin esos rituales de los que les dicen que ahora deben desprenderse. Escuchan, pero no interiorizan, porque tampoco muchas veces entienden el concepto de "contagio", "prevención", "tratamiento"... Aquí, en Bissau, cuando un paciente va al médico, en muchas ocasiones no se le dice qué enfermedad tiene, sólo qué medicamento tiene que tomar y cuánto tiempo. Si les preguntas, todas las enfermedades se resumen en "mal do corpo" excepto el paludismo ¿Cómo van a comprender en un rato todo lo que durante siglos han desconocido?
Por otro lado, el constante ir y venir de personas no por las fronteras, sino por los miles de caminos que comunican los países, permite a gente de la misma familia y la misma etnia verse cada día, vivir en un lado y trabajar en otro. No hay medios para controlarlos todos. Por tierra y por mar el flujo es incesante. Sólo los aviones pueden ser vigilados en cierta medida.
Si de verdad la epidemia se vuelve incontrolable, no habrá fronteras para ella, de eso casi estoy segura. Pero para poner una nota de optimismo, diré que cada país pone en la medida que puede su granito de arena. La radio, el gran medio de comunicación en estos países tan pobres, informa sin parar de qué medidas han de tomarse y todo el que puede las aplica de manera religiosa. Este fin de semana , por ejemplo, visitamos la frontera con Senegal y en el puesto de la policía uno de los funcionarios obligaba a todos los pasajeros que entraban o salían de Guinea Bissau a lavarse las manos con una mezcla de agua y lejía. No es mucho, pero al menos han tomado conciencia de que las manos son las grandes transmisoras de las enfermedades. Todo el mundo realizaba esa higienización sin rechistar: niños, adultos y ancianos. Lo hacían con reverencia, con formalidad, como el que tiene una lección bien aprendida. Realmente poco más se puede hacer con los medios de que dispone el país, pero al menos la voluntad de tomar medidas existe.
Faltaría saber qué se hace al respecto de otras enfermedades que, como no sufren el riesgo de contagiar a Europa por el movimiento de personas entre países, no nos preocupan, a pesar de matar a mucha más gente en menos tiempo. Por ejemplo, que alguien busque las estadísticas de muertos por malaria o cólera en los últimos cinco meses. Superan con creces al ébola. Y, por ejemplo, para la malaria, el agua con lejía no sirve de nada.
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miércoles, 20 de agosto de 2014
domingo, 5 de mayo de 2013
Contrastes
El sábado fuimos a un desfile de modelos en el Centro Cultural Franco-guineense. Fue un acto curioso. En un país que actualmente se mueve en una constante inestabilidad, en el que el miedo a un nuevo golpe de mano por parte de fuerzas desconocidas nos mantiene siempre en alerta, un acto tan sofisticado representó bien el contraste entre la apariencia de normalidad y la marejada de fondo.
Al pase de moda estaban invitadas personalidades y representantes de embajadas y consulados y gente "bien" de la sociedad guineense. Sólo media hora antes de acudir, recibimos una llamada que nos prevenía sobre la presencia de militares armados en los alrededores del lugar. La primera idea: algunos incontrolados protestando ante los diplomáticos y europeos e intentando evitar el desfile. La realidad: el presidente del país estaba invitado y traía una fuerza de seguridad algo excesiva, pero muy en consonancia con lo que ocurre en países como éste, en los que se intenta dar apariencia de fuerza y defensa de los miembros del gobierno.
El sobresalto quedó en nada, pero así pasan los días. El país tiende a la normalidad (o al menos sus ciudadanos lo pretenden), pero la inestabilidad política evidencia otra realidad. Entre el "va a pasar" típico de los ciudadanos, que efectivamente esperan que todo pase, y el "chega" -llega- tan portugués de esto es más que suficiente y no puede perdurar.
Abstraídos de la alarma inicial, nos sumerjimos en un intento de normalización lleno de música y glamour, vestidos de corte occidental y telas de inspiración africana y de corte tradicional con tejidos más occidentales. Modelos -hombres y mujeres- que desfilaron con gran profesionalidad y de fondo el trabajo de algunas personas que intentan que los negocios funcionen en Guinea Bissau al margen de las maniobras de dentro y, por supuesto, de fuera.
Al pase de moda estaban invitadas personalidades y representantes de embajadas y consulados y gente "bien" de la sociedad guineense. Sólo media hora antes de acudir, recibimos una llamada que nos prevenía sobre la presencia de militares armados en los alrededores del lugar. La primera idea: algunos incontrolados protestando ante los diplomáticos y europeos e intentando evitar el desfile. La realidad: el presidente del país estaba invitado y traía una fuerza de seguridad algo excesiva, pero muy en consonancia con lo que ocurre en países como éste, en los que se intenta dar apariencia de fuerza y defensa de los miembros del gobierno.
El sobresalto quedó en nada, pero así pasan los días. El país tiende a la normalidad (o al menos sus ciudadanos lo pretenden), pero la inestabilidad política evidencia otra realidad. Entre el "va a pasar" típico de los ciudadanos, que efectivamente esperan que todo pase, y el "chega" -llega- tan portugués de esto es más que suficiente y no puede perdurar.
Abstraídos de la alarma inicial, nos sumerjimos en un intento de normalización lleno de música y glamour, vestidos de corte occidental y telas de inspiración africana y de corte tradicional con tejidos más occidentales. Modelos -hombres y mujeres- que desfilaron con gran profesionalidad y de fondo el trabajo de algunas personas que intentan que los negocios funcionen en Guinea Bissau al margen de las maniobras de dentro y, por supuesto, de fuera.
domingo, 10 de marzo de 2013
Nada funciona??
Un mes en España es más que suficiente para entrar en faena. Recuerdo los primeros días en Bissau, la locura de arreglar, amueblar... y el buen humor con el que me lo tomaba. La casa llena de gente y miles de reparaciones por hacer.
Un mes en España y ya tengo las mismas obligaciones: arreglar, amueblar... La diferencia es que, como es España, me saca de mis casillas que algunos problemas se estén dando, y es casi imposible hacer venir a alguna persona a casa para hacer algo. Sobre todo porque muchos trabajos deberían hacerlos gratis, como defectos de la construcción.
Tendré que tomarme un tiempo y reírme de ello. Vivir en un país más atrasado te hace echarle la culpa de los problemas a la falta de educación y de posibilidades. El problema es a qué echarle la culpa en un país desarrollado. Supongo que será la crisis, que nos vuelve locos. He tardado dos semanas en encontrar por dónde entra la línea de teléfono en casa para instalar Internet: acabamos el electricista y yo picando el jardín con una vara para encontrar el camino. Cuatro días más para que funcione el módem y pueda conectarme.
Ni me imagino el tiempo que me llevará arreglar las ventanas y la puerta de entrada, reparar la línea telefónica dela planta baja o arreglar el tiro de la chimenea. Tendré que hacer como en Bissau. Marcharme, tomar perspectiva y volver con energías renovadas.
Un mes en España y ya tengo las mismas obligaciones: arreglar, amueblar... La diferencia es que, como es España, me saca de mis casillas que algunos problemas se estén dando, y es casi imposible hacer venir a alguna persona a casa para hacer algo. Sobre todo porque muchos trabajos deberían hacerlos gratis, como defectos de la construcción.
Tendré que tomarme un tiempo y reírme de ello. Vivir en un país más atrasado te hace echarle la culpa de los problemas a la falta de educación y de posibilidades. El problema es a qué echarle la culpa en un país desarrollado. Supongo que será la crisis, que nos vuelve locos. He tardado dos semanas en encontrar por dónde entra la línea de teléfono en casa para instalar Internet: acabamos el electricista y yo picando el jardín con una vara para encontrar el camino. Cuatro días más para que funcione el módem y pueda conectarme.
Ni me imagino el tiempo que me llevará arreglar las ventanas y la puerta de entrada, reparar la línea telefónica dela planta baja o arreglar el tiro de la chimenea. Tendré que hacer como en Bissau. Marcharme, tomar perspectiva y volver con energías renovadas.
lunes, 21 de enero de 2013
Demba y la música
En ocasiones un momento en Bissau abre la puerta a sensaciones y emociones sorprendentes. Ocurre, como casi siempre, cuando menos te lo esperas, como ayer por la tarde.
Decidimos salir de casa a compartir una pizza por la tarde-noche por eso de que, aunque no teníamos hambre, pasábamos el fin del domingo fuera de casa y se hacía más corto el tiempo. Nos montamos en el carro y recorrimos la ciudad para, finalmente, sentarnos en la terraza del Kaliste, uno de los clásicos de Bissau. Y lo hicimos a pesar de que no había casi gente.
Cosas del destino, ese día estaba Demba cantando. Y lo digo con alegría, porque es un hombre muy agradable, un artista con la guitarra y amante del jazz, y hacía mucho tiempo que no disfrutábamos de su música en este bar-restaurante. Junto a él, acompañándolo, estaba un saxo magnífico cuyo nombre no recuerdo, pero que ya escuché en un concierto junto a Demba en el Centro Cultural Franco-guineense. De repente, la velada se convirtió en toda una experiencia musical.
Reconozco que casi simpre toca las mismas canciones, pero eso también tiene su encanto. Alterna algunas clásicas como Billy Jean, de Michael Jackson o Stand by me con música caboverdiana y composiciones propias de la tierra, todo ello con su peculiar ritmo casi asincopado y su voz afónica. El saxón rizó más el rizo y el mini concierto, íntimo porque éramos pocos los testigos, nos proporcionó a todos uno de esos momentos mágicos en los que Bissau se parece a las películas, y podría haber aparecido Humprey Bogart y no nos hubiéramos sorprendido lo más mínimo. La penumbra en que suele estar la terraza y la variedad de nacionalidades que se reúnen allí ayuda a dejar volar la imaginación.
Descubrí que puedo tararear la mayoría de sus canciones, incluso las bissau-guineenses, aunque no recuerde la letra, y acabé el domingo con un deje bailón en los hombros y las caderas, tanto que todavía esta mañana canturreaba por la casa. Lo comentamos mi marido y yo como lo hicimos la primera vez que oímos a Demba en este mismo lugar. Estas experiencias nos recuerdan por qué Africa sigue encandilando.
Decidimos salir de casa a compartir una pizza por la tarde-noche por eso de que, aunque no teníamos hambre, pasábamos el fin del domingo fuera de casa y se hacía más corto el tiempo. Nos montamos en el carro y recorrimos la ciudad para, finalmente, sentarnos en la terraza del Kaliste, uno de los clásicos de Bissau. Y lo hicimos a pesar de que no había casi gente.
Cosas del destino, ese día estaba Demba cantando. Y lo digo con alegría, porque es un hombre muy agradable, un artista con la guitarra y amante del jazz, y hacía mucho tiempo que no disfrutábamos de su música en este bar-restaurante. Junto a él, acompañándolo, estaba un saxo magnífico cuyo nombre no recuerdo, pero que ya escuché en un concierto junto a Demba en el Centro Cultural Franco-guineense. De repente, la velada se convirtió en toda una experiencia musical.
Reconozco que casi simpre toca las mismas canciones, pero eso también tiene su encanto. Alterna algunas clásicas como Billy Jean, de Michael Jackson o Stand by me con música caboverdiana y composiciones propias de la tierra, todo ello con su peculiar ritmo casi asincopado y su voz afónica. El saxón rizó más el rizo y el mini concierto, íntimo porque éramos pocos los testigos, nos proporcionó a todos uno de esos momentos mágicos en los que Bissau se parece a las películas, y podría haber aparecido Humprey Bogart y no nos hubiéramos sorprendido lo más mínimo. La penumbra en que suele estar la terraza y la variedad de nacionalidades que se reúnen allí ayuda a dejar volar la imaginación.
Descubrí que puedo tararear la mayoría de sus canciones, incluso las bissau-guineenses, aunque no recuerde la letra, y acabé el domingo con un deje bailón en los hombros y las caderas, tanto que todavía esta mañana canturreaba por la casa. Lo comentamos mi marido y yo como lo hicimos la primera vez que oímos a Demba en este mismo lugar. Estas experiencias nos recuerdan por qué Africa sigue encandilando.
domingo, 13 de enero de 2013
Superviviente
Voy a contar una historia que no quiere ser melodramática, sino testigo de cosas que pasan sin querer en la vida. El 28 de diciembre una embarcación estatal que hacía el trayecto Bolama-Bissau (Bolama fue antiguamente capital del país, a pesar de ser una isla) se hundió en el mar por razones conocidas: una desemboradura marítima peligrosa, mal estado de la nave y exceso de pasajeros a bordo. Setenta y cuatro personas sobrevivieron y al menos treinta murieron, entre ellas varios niños, atrapados entre el barco y el techado de lona que se desplomó al hundirse la nave. Cuando leí la noticia en Internet, me quedé preocupada: conozco gente que hace ese trayecto los viernes para venir a Bissau y los domingos para volver al trabajo en la isla.
El miércoles reconocí a una de esas personas, una chica europea cuyo nombre y nacionalidad no voy a decir por respeto. Digo reconocí porque ya había estado con ella varias veces. Me alegró verla, y a la vez sentí una aflicción enorme cuando nos contó que había vuelto a nacer. Sobrevivió gracias a su sangre fría y un fuerte deseo de hacerlo. Vio venir la tragedia, pudo nadar y encontrar un agujero entre el techado para salir a la superficie, nadó más de diez minutos en compañía de otras personas entre olas altísimas de agua marrón, como acostumbra a ser el río-mar en su desembocadura al océano, y fue rescatada por una "piroga" de las que salieron a buscar supervivientes. Llegó a puerto y ayudó a desembarcar cuerpos de ahogados.
Vino a Bissau dando un giro en su vida, dejando un trabajo y un futuro casi ciertos, y se embarcó en un proyecto con una OGN. En seis meses ha vivido la entrada de militares en la isla de Bolama, incluso en su propia casa, y este naufragio. A pesar de todo le gusta Bissau, y después de unos días de descanso en su país piensa volver a trabajar aquí. Es consciente de que volvió a nacer, y creo que cuando se sobrevive a una historia así algo cambia en tu mente. No sé cuál será o ha sido el cambio; el tiempo lo dirá
Desde aquí, mi ánimo y mi respeto por su entereza. Si, como dice la leyenda, todos tenemos una hora y un lugar donde la muerte nos espera, a ella no la buscó en estos días de Navidad. Ésa es la lectura que puede hacerse de su historia.
| Más o menos así era el interior del barco que hacía el trayecto Bolama-Bissau http://www.fotolog.com/kompany/36443998/ |
Vino a Bissau dando un giro en su vida, dejando un trabajo y un futuro casi ciertos, y se embarcó en un proyecto con una OGN. En seis meses ha vivido la entrada de militares en la isla de Bolama, incluso en su propia casa, y este naufragio. A pesar de todo le gusta Bissau, y después de unos días de descanso en su país piensa volver a trabajar aquí. Es consciente de que volvió a nacer, y creo que cuando se sobrevive a una historia así algo cambia en tu mente. No sé cuál será o ha sido el cambio; el tiempo lo dirá
| Así son las pirogas con las que la rescataron http://vovworld.vn/es-ES/Noticias/22-muertos-en-un-naufragio-en-GuineaBissau/127861.vov |
En cierto modo, me asombra y me fascina su fuerza, su capacidad de lucha. Tuvo una gran suerte; por mantener la cabeza serena y no dejarse dominar por el pánico cuando comprendió que el barco no iba a llegar a puerto -todos lo sabían- y por sacar fuerzas para defenderse en estas aguas tremendamente oscuras y fuertes, a pesar de que no estaban muy alejados de la costa. De su vivencia habla en cuanto puede, y más aún de la de los demás: cuenta cómo se salvó y acto seguido enumera los conocidos, todos ellos guineenses, de la isla de Bolama que han perecido. Eso es, a mi entender, lo que más le cuesta asimilar: ser consciente de que está viva y de que otros muchos murieron. Cada mente fija una imagen de la tragedia; la suya son los cuerpos que ayudó a subir al puerto.
Desde aquí, mi ánimo y mi respeto por su entereza. Si, como dice la leyenda, todos tenemos una hora y un lugar donde la muerte nos espera, a ella no la buscó en estos días de Navidad. Ésa es la lectura que puede hacerse de su historia.
viernes, 21 de diciembre de 2012
Entre Natal, la puera y la nieve
| Estas son las primeras humaredas |
Con la cercanía de la Navidad, preparamos el consabido viaje para pasar las fiestas con la familia, los amigos y, por supuesto, las perritas.
Dejamos Bissau empezando a sumirse en las infinitas nubes de "puera" -polvo- y humo que surgen de la sequía. La tierra flota en el ambiente, tiñéndolo de rojo, y las innumerables fogatas que queman la basura al acabar las lluvias extienden un velo con olor a neumáticos y eucalipto por toda la capital. Los trabajadores en las afueras usan mascarillas y al tradicional paludismo o malaria se unen ahora las afecciones respiratorias. Aún así, el paisaje es hermoso y el humo ofrece unos atardeceres magníficos.
La sequía trae también el inicio de la época de bodas -en este país que los novios se mojen es señal de mala suerte- y el local que hay detrás de nuestra casa, O Paián, hace su particular agosto con fiestas donde la comida y la música se combinan para celebrar los casamientos. Nosotros, a su vez, tenemos música gratis toda la tarde. Y entretenimiento. A veces nos acercamos paseando hasta la puerta para ver el ambiente.
Los más afortunados o con mayor poder adquisitivo engalanan sus casas y, si pueden, un trozo de la calle, con adornos navideños. Natal (Navidad) es una fiesta celebrada, mayoritariamente, por toda la población, independientemente de su profesión religiosa. Igual que se festejan el Tabaski, el Ramadám y el Carnaval. Luces furtivas que tintinean entre las nieblas secas de arena y humo y gentes que se unen en celebraciones colectivas que les hacen sentir que forman parte de una comunidad más allá de credos e ideologías.
| Engarrafamento en vísperas de Navidad |
Las calles de España, como las de Bissau, estarán llenas de personas buscando las últimas o las mejores ofertas, las primeras rebajas... Ajustando el dinero, por supuesto, pero sin renunciar a la ilusión. Y muchos emigrados volveremos a casa para ver a nuestras familias y reencontrarnos con nuestro país.
| Por supuesto, Sanabria |
Nosotros de Bissau nos iremos a España, donde nos esperan las nieblas húmedas y el frío, quizá la nieve. Es una época que a ambos nos gusta mucho, tanto por el contenido emocional de estos días como por el clima y el paisaje que el final del otoño y el inicio del invierno ofrecen. Intentaremos escaparnos a algún sitio aún más frío que nuestra Zamora para estar más cerca de la naturaleza invernal, del agua y del viento, de los árboles. Y nos llevaremos a las perras para que disfruten.
Después de todo eso... Dios dirá. Un futuro aún poco claro y muchos interrogantes por resolver, aunque con la certeza de que sea lo que sea lo que nos depara el destino, será bueno. Año nuevo, vida nueva. En nuestro caso, casi seguro que sí.
jueves, 1 de noviembre de 2012
Eva y los nueve
![]() |
| Eva. Al fondo, Isnabá |
Bafón tiene diez hijos. ¡Por ahora! Nosotros no somos conscientes de todos ellos, porque los mayores sólo están aquí intermitentemente. Creo que tiene dos mujeres y un varón que están casi emancipados. En la casa de Bissau, en los últimos tiempos, viven de forma habitual los otros siete, cuatro chicas y tres chicos. Por orden creo que son Esther, Tami, Elías, Teresa, Eva, Isnabá y Jelsson. Las edades van desde los dieciséis (más o menos) a los dos años. He de decir que entre Isnabá y Jelsson la diferencia es grande.
De la tropa, pues, de chiquillos que pasan temporadas solos en la casa a la que más conocemos es a Eva, una muchacha de unos doce años abierta y comunicativa, inteligente también, que ha descubierto que a mi marido le hace gracia su desparpajo y de vez en cuando viene y le pide algo: la matrícula de la escuela, dinero para comprar el "pano de tocachoro", arroz, gafas para su hermana mayor... finalmente, también chocolate cuando tiene gusa. A eso ya le hemos dicho que no, porque salíamos a tableta diaria; son demasiados niños!
Es amiga de Biomendé, y siempre que las veía juntas me daba nostalgia de ella, porque la familia de Bafón tiene a sus hijos mejor vestidos y alimentados que la de los niños perdidos. A su lado, Biomendé parecía una pordiosera feúca y débil. Las chicas de la familia se arreglan el pelo, se hacen compañía... nuestra vecina suele estar sola. Últimamente la familia de Eva ha estrechado lazos con Biomendé, y le arreglan el cabello y creo que la ayudan un poco en las tareas de la casa. Desde que el carpintero y su (o sus) mujeres no están, las niñas de las dos casas se ayudan a realizar tareas como lavar la ropa y luego creo que comparten la comida.
Eva es la imagen de la supervivencia, fuerte, alta. Juega al fútbol con sus hermanos descalza, y mete un montón de goles! Ella y Teresa son las más activas: van a por agua, venden mancara, cuidan del más pequeño, hacen la colada y la comida... Ha aprendido rápido que comunciarse con nosotros la beneficia claramente, y lo hace con inteligencia; aprendió nuestros nombres, deja pasar un tiempo para pedir, a veces le dice a Biomendé que consiga algo por ella, y en su miseria nos regala mancara esperando que en algún momento le devolvamos el favor. Es paciente, habla en criollo pero nos entiende en portugués, y su esfuerzo por comunicarse con nosotros es superior al de muchos de nuestros empelados. Ha instruido a sus hermanas/os en las virtudes de esta técnica, y así consigue algunos caprichos y mejorar necesidades de la familia, porque no mira por ella sola, generalmente mira por todos los demás. Su última petición: tengo que traerle de España pinzas del pelo, "pa apañá", porque me vio con una y se moría de envidia. Además de lista, coqueta.
viernes, 19 de octubre de 2012
Y otra de los niños perdidos: Guatna
De momento, igual que cuando pienso en Biomendé me poco un poco triste, cuando hablamos de Guatna mi marido y yo nos mondamos de risa. Según tengo entendido es hermano de la niña, hijo de los mismos padres, pero no se parece en nada a su hermana. Dado el jaleo de familia que se traen, juraría que sólo es hermano de padre.
Guatna es un niño de cinco o seis años saludable, cuadrado, fuerte. Nunca, ni cuando llegó, ha sido tímido. Desde el primer día nos saluda a gritos. Hasta hace bien poco me llamaba por el nombre de mi marido, creo que pensaba que era un sinónimo de "blanco" o algo así. Levanta el brazo en alto cuando ve pasar nuestro coche, juega al fútbol como un loco y se pelea con Ericson e Isnabá (ésa es otra familia, un hermano de Eva) como si todos fueran de la misma edad, aunque él es el más pequeño. He de decir que casi nunca pierde.
En contraste con Eric, tan menudo y algo enfermizo, la fortaleza de Guatna es simpática. Suele estar de buen humor y no le gusta ir vestido. Cuando lo llamo para darle algo (caramelos, o galletas), tengo que reñirlo y recordarle que ha de calzarse para que no lo piquen los bichos. Al fútbol juega descalzo porque las chanclas le molestan. Cuando viene del cole, si hace calor -cosa que ahora pasa mucho-, se quita la camiseta y la guarda en la mochila, y así va por la calle, descalzo y medio desnudo, con el banco del cole en la cabeza y arrastrando la mochila medio rota.
Podría asegurar que Guatna es feliz. Su hermana lo cuida algunas horas, trepa a los árboles como un acróbata, vive sin problemas ni normas y parece no haber salido todavía de la tabanca. Va al colegio sin protestar (está en "pre", pre-escolar, supongo), y cuando Eric hace el camino llorando porque no le gusta la escuela -¡qué raro, en España a todos les gusta!- él lo mira divertido y se burla.
Quería hablar de él porque a veces las entradas son muy sensibleras, y la realidad, a pesar de todo, es más positiva y más vital. Hasta Eric hace mucho tiempo que no va al hospital, y su primo y él parecen un par de zánganos buscando una trastada que hacer. Ahora Guatna también cuida de alguien, porque ha llegado el hermano pequeño de Eva, Jelsson, que tiene algo más de dos años, y él juega y lo cuida complacido; así que cuando el bebé ve a nuestros vecinos, da grititos de alegría y corre a provocarlos.
Ésa es mi entrada de hoy. Una entrada positiva. No sé qué será de los niños perdidos en el futuro. Por ahora, entre la casa de al lado y la del carpintero hay más de quince entre menores y adolescentes por aquí. Riendo y jugando, creciendo. Otro día os hablaré de Eva. Esa sí que es lista. De Eva y sus diez hermanos.
Guatna es un niño de cinco o seis años saludable, cuadrado, fuerte. Nunca, ni cuando llegó, ha sido tímido. Desde el primer día nos saluda a gritos. Hasta hace bien poco me llamaba por el nombre de mi marido, creo que pensaba que era un sinónimo de "blanco" o algo así. Levanta el brazo en alto cuando ve pasar nuestro coche, juega al fútbol como un loco y se pelea con Ericson e Isnabá (ésa es otra familia, un hermano de Eva) como si todos fueran de la misma edad, aunque él es el más pequeño. He de decir que casi nunca pierde.
En contraste con Eric, tan menudo y algo enfermizo, la fortaleza de Guatna es simpática. Suele estar de buen humor y no le gusta ir vestido. Cuando lo llamo para darle algo (caramelos, o galletas), tengo que reñirlo y recordarle que ha de calzarse para que no lo piquen los bichos. Al fútbol juega descalzo porque las chanclas le molestan. Cuando viene del cole, si hace calor -cosa que ahora pasa mucho-, se quita la camiseta y la guarda en la mochila, y así va por la calle, descalzo y medio desnudo, con el banco del cole en la cabeza y arrastrando la mochila medio rota.
| Ericson y Guatna |
Quería hablar de él porque a veces las entradas son muy sensibleras, y la realidad, a pesar de todo, es más positiva y más vital. Hasta Eric hace mucho tiempo que no va al hospital, y su primo y él parecen un par de zánganos buscando una trastada que hacer. Ahora Guatna también cuida de alguien, porque ha llegado el hermano pequeño de Eva, Jelsson, que tiene algo más de dos años, y él juega y lo cuida complacido; así que cuando el bebé ve a nuestros vecinos, da grititos de alegría y corre a provocarlos.
Ésa es mi entrada de hoy. Una entrada positiva. No sé qué será de los niños perdidos en el futuro. Por ahora, entre la casa de al lado y la del carpintero hay más de quince entre menores y adolescentes por aquí. Riendo y jugando, creciendo. Otro día os hablaré de Eva. Esa sí que es lista. De Eva y sus diez hermanos.
viernes, 12 de octubre de 2012
Una de Biomendé y los niños perdidos
| Ésta es la casa de los niños perdidos |
Supongo que se escribe así. Biomendé es un nombre de la tribu balanta, y así se llama una niña (aquí ya le dirían badjuda) de alrededor de 13 años que vive en la casa de al lado, ésa que está a medio hacer y no tiene ni puertas, ni ventanas, ni nada. Vive con los que llamamos los “niños perdidos”, Ericsson-Abeto (de ocho años), Djoti-Herculano (de doce), Nheti-Maio (de trece), dos jóvenes y dos señoras, una de unos cuarenta y otra mayor. Los llamamos los niños perdidos porque siempre están solos, jugando y paseando de un lado a otro.
Al principio, pensábamos que ella y los chicos eran hermanos. Un día, llegó una mujer más joven con un niño y un bebé; se quedó unos días y al marchar dejó a Guatna, con cinco años, al cargo de las otras; de eso hace casi un año. Ésa era la madre de Biomendé. El caso es que la señora mayor es madre de los jóvenes, la otra, de piel más clara (branca, le dicen aquí, je) es la madre de los tres niños, Guatna es su hermano –creo- y a Biomendé la dejó su padre (hermano de la mujer "branca") muy pequeña, como a él, para que los educaran aquí.
| Biomendé con Guatna en la casa |
Su situación en este momento nos preocupa, porque en la casa abandonada vive quien quiere y, además de esta mezcolanza familiar, muchos jóvenes y hombres expulsados de sus casas, “bandidos”, tirados y demás pasan temporadas en ese alojamiento. Ella, aunque está poco desarrollada, no es ya una niña, y en este país hay muchos hombres que consideran lícito “iniciar” a las badjudas en las relaciones “personales”. Entre otras cosas por eso hemos decidido pagarle la escuela, a condición de que vaya todos los días y elijamos el centro. No va a cambiar nada en su vida, no va a mejorar nada, pero al menos no estará sola en unas ruinas expuesta a cualquier situación. La señora de la piel branca que la tiene acogida me ha agradecido con su hijo mayor (uno que ya se emancipó) la ayuda que le he brindado, me ha pedido dinero y comida para los suyos y me han dicho que, si quiero, que me la quede. Ahí es nada. Me la regala!!! Ése es el valor de la vida en Bissau.
Por supuesto, no me la quedo. Si vive conmigo en Bissau y luego me voy y la dejo, ¿qué vida le espera? Y ¿cómo desarraigarla con trece años y llevarla, africana y analfabeta, a un país donde la escolarizarían en primero o segundo de secundaria, sin ayudas escolares, sin hablar el idioma, sin música, con tanta ropa encima, con otras costumbres tan diferentes, con frío, sin amigos ni muchas posibilidades de hacerlos? Porque soy profesora y veo lo que le pasa a esos niños cada día en los centros. ¿Qué clase de oportunidad es? ¿Qué haría eso por mejorar la vida de los cientos de niños “de criação” en este país? ¿Tendremos que llevárnoslos a todos?
Cuando fuimos a realizar la matrícula, descubrí el desconcierto de su vida: no sabe su apellido, no recuerda el nombre de su madre. Y los que me lo escribieron por ella, en la casa, no saben su año de nacimiento. ¿Cómo puede tener 13 años y haber nacido en el 2002? Así de borrosos son sus recuerdos y sus relaciones sociales. Su familia son ya las personas con las que convive, no queda rastro de nada más en su mente.
Lo cierto es que tiene muy pocas posibilidades. No es un caso especial, como ella hay muchos, pero esta niña nos toca de cerca porque es nuestra vecina. A veces va por la calle llorando porque ha discutido con Eva, una amiga, o con los niños de su casa, por ejemplo. Me ve y se acerca; Ima, me dice, le toco la cara o la cabeza y le digo: Biomendé, abó trabalha chiu (trabajas mucho), y me cuenta alguna pena en criollo, deprisa y avergonzada. Otra veces, pasea con Eva y sus hermanas o juega al fútbol. Si se arma de valor, nos pide chocolate "friu". Aquí quedará cuando nos vayamos, y engrosará la lista de los explotados infantiles que no llegan a nada, de los miles de analfabetos de este país. Al menos, espero que pueda por fin aprender a leer, escribir y hablar portugués. Tal vez eso le daría una mínima oportunidad en la vida.
viernes, 28 de septiembre de 2012
Quinhamel
Cuando dije que venía a vivir a Guinea Bissau, mis amigas me repetían eso de "yo tuve una granja en África" de aquella famosa película de Sydney Pollack, tarareando la melodía principal de la banda sonora. Bueno, ojalá yo fuera Meryl Streep y creo que en nada se parece la sabana a esta densa selva tropical. Rara vez cuento episodios que suenen a exótico y romántico en este país, que rememoren el colonialismo. Es cierto que los problemas diarios esconden muchas veces el encanto de este lugar; que los árboles no te dejan ver el bosque, vamos.
Hoy voy a hacer referencia a uno de esos lugares que te recuerdan que estás en África y que "vivimos como ricos". La ciudad, creo que ya lo he comentado, como el país, vive de espaldas al mar. No hay paseos marítimos ni playas de arena blanca en las que sofocar el calor. Ello hace que la mayor parte del tiempo suframos una especie de claustrofobia visual. El terreno es llano y la selva, cerrada y verde, lo invade todo; los manglares y campos de cultivo abarcan lo el ojo puede ver y nos privan del horizonte. Yo, a veces, subo a la terraza más alta de la casa para poder descansar la vista fijándola en el infinito. Mucha gente no es tan afortunada.
En parte por eso muchos domingos nos vamos a Quinhamel. Es una localidad sin ningún atractivo especial, no más que Ilondé u otras que están en el camino, aunque posee dos peculiaridades que la hacen muy apreciada; la primera, aloja una cooperativa en la que se hacen tapices y paños muy bien trabajados en grandes telares; la segunda, ofrece diversos lugares para comer. Uno de ellos está dentro de esta cooperativa, ARTISSAL, con una piscinita y sala de reuniones; otro, un poco más adelante y dentro ya del "mato", que pertenece a un portugués y ofrece ostras de, al parecer, buena calidad (aquí llaman ostras a un molusco que parece un híbrido entre una ostra y un mejillón, es muy apreciado por la población en general), y un tercero, el Mar Azul, que pertenece a varios socios, uno de ellos libanés.
Es poco más lo que hay que vender a una población sedienta de descanso. Una terraza cubierta donde la lluvia no entra, camarões y ostras a la brasa, cerveza fría y horizonte para disfrutar: cielo azul, agua y tierra a la vista. Nos hemos vuelto aficionados a ese lugar. Casi todos los domingos huímos hacia allí con algún amigo o conocido, dispuestos a relajarnos. Su atractivo es igual para blancos y negros. Es la parte colonialista. Indios que juegan al criquet y al waterpolo, africanos con sus familias, árabes, chinos, europeos... nos congregamos en los días de la estación húmeda esperando ver el sol y el más allá, aprovechando los ratitos de luz radiante para darse un bañito en la piscina o en la playa lodosa del río, paladeando peces recién pescados, hummus, arroz y patatas fritas en aceite de oliva entre palmeras, cajú y cientos de pájaros amarillos que anidan en los alrededores. Faltan el concierto para clarinete de Mozart y la música de John Barry para soñar con el paraíso. Todo un lujo africano.
viernes, 14 de septiembre de 2012
Tan "agustito"
Viernes noche. Mi husband tiene una cena de trabajo y me he quedado sola en casa, como en la película pero sin ladrones. Como tengo la conciencia tranquila porque ya he terminado mis dos semanas de formación a profesores, he estado todo el día husmeando en Internet en busca de recetas de cocina, viendo vídeos de canciones antiguas argentinas (si se calla el cantor y otras similares) y remoloneando ante el ordenador.
Aquí, pensando en cómo pasar la noche del viernes, se me ocurrió poner en práctica una receta que encontré esta mañana: yuca brava. La misma historia de las patatas bravas pero con yuca cocida y luego frita. Apañé dos mandiocas o yucas que se estaban pudriendo en la encimera y me lancé al plato en cuestión. He de decir que había hecho muchas recetas de salsa brava, pero como la de hoy, ninguna; la bajé de un programa de RNE, Cocinar y cantar.
En fin, que como la salsa quedó estupenda me he dado un homenaje comiendo un suculento plato de yuca brava regado con una deliciosa cerveza Super Bock bien fría y en vaso helado. Con un leve aire acondicionado para compensar la elevada humedad. Un lujo asiático, que diría una amiga mía. Ahora sólo tengo que encontrar una buena peli (Greenaway tiene todas las papeletas, es él o una de dibujos animados) y dejar que le jour s'ecoule mientras llueve mansamente y la tormenta ruge ensordecida alrededor. Pequeños placeres..
Aquí, pensando en cómo pasar la noche del viernes, se me ocurrió poner en práctica una receta que encontré esta mañana: yuca brava. La misma historia de las patatas bravas pero con yuca cocida y luego frita. Apañé dos mandiocas o yucas que se estaban pudriendo en la encimera y me lancé al plato en cuestión. He de decir que había hecho muchas recetas de salsa brava, pero como la de hoy, ninguna; la bajé de un programa de RNE, Cocinar y cantar.
En fin, que como la salsa quedó estupenda me he dado un homenaje comiendo un suculento plato de yuca brava regado con una deliciosa cerveza Super Bock bien fría y en vaso helado. Con un leve aire acondicionado para compensar la elevada humedad. Un lujo asiático, que diría una amiga mía. Ahora sólo tengo que encontrar una buena peli (Greenaway tiene todas las papeletas, es él o una de dibujos animados) y dejar que le jour s'ecoule mientras llueve mansamente y la tormenta ruge ensordecida alrededor. Pequeños placeres..
jueves, 6 de septiembre de 2012
Tocarnos las manos
El comportamiento de la gente es un fiel reflejo de su cultura y costumbres; incluso de su educación. Así, cuando alguien comienza a relacionarse con personas de un país diferente, sus costumbres y hábitos nos van enseñando la sociedad en la que se desarrollan. Toda esta cháchara para decir que cuando uno llega a un país nuevo, sus habitantes lo ponen a prueba de diferentes maneras para calibrar si es digno de ser tratado o no.
A veces son pruebas curiosas; cuando estuve en Polonia, los profesores con los que trabajábamos nos llevaron el primer día a beber cerveza, e insistían en ello hasta disgustarse si alguien no tomaba un poco de alcohol en la cena. Luego una compañera española que había vivido tiempo en países vecinos nos explicó que si no sabes beber y compartir, les pareces poco digno de confianza. Por supuesto, si te emborrachas también. He de decir que en aquella ocasión salimos todas las españolas muy bien paradas, al igual que los y las alemanes/as.
En Bissau hay otras pruebas inconscientes. El jueves, en el descanso de una de las charlas, me quedé sola en la clase. Enfrente de la ventana donde estaba había dos niños, de unos siete y once años. Cuando me vieron, llevado por la curiosidad, el mayor se acercó lentamente al vano, me miró de lado, casi esquivando mis ojos, y murmuró "i kumá?" mientras introducía, despacio, la mano derecha por entre los barrotes, dejándola balancearse en el aire de lado. Alargué mi mano y se la estreché, suave y largamente. Bem, dereito, le dije. Esa fue la señal para que el otro niño se acercara y me diera la mano también. Si hubieran sido once, los once habrían repetido ese acto.
Cerca de nuestra casa viven dos niñas de cuatro y nueve años (más o menos, es que aquí los niños pequeños son muy grandes) que siempre nos saludan, al igual que sus padres, pero que rara vez se habían acercado a nosotros. Un día la más pequeña, haciéndose la valiente con unas compañeras que nos miraban extasiadas, se acercó decidida para demostrar que éramos amigos suyos (nosotros y las perras). Ni corta ni perezosa, alargó la mano y se la ofreció a mi marido, que, cordialmente, se la estrechó. Súbitamente su concepto del blanco la sorprendió y dio un bote: la piel era muy fina! Le cogió la mano y la acarició y miró de arriba a abajo. Luego le señaló el pelo -entonces les daba vergüenza hablar con nosotros) y él, divertido, se agachó y dejó que se lo tocara. Inmediatamente todo el grupo se acercó y lo tocó. Luego fue mi turno y después el de Dama, nuestra perra belga.
En este país las relaciones son todavía muy físicas, muy estrechas. Mantienen un contacto cercano unos con otros, tanto entre mujeres como entre hombres. Los niños y niñas mayores cargan en sus espaldas a sus hermanos, los hombres, jóvenes o adultos, caminan cogidos de la mano y hasta algunas veces de la cintura, como suelen hacer las mujeres. Cuando alguien te saluda, te da la mano, y si tiene confianza contigo -o quiere tenerla- la retiene un tiempo mientras te habla, sujetando así el lazo de unión entre los dos. Si un hombre o una mujer te acompañan para indicarte el camino, lo harán llevándote agrarrado, mano con mano, sin apretar, pero firmemente sujeto, como queriendo decir: yo te guío, no tengas miedo.
El tacto es tan importante como la palabra. Así como un bebé va estimulando su cerebro con diferentes texturas (cuántos niños vemos andar rozando todas las paredes y ventanas con la punta de los dedos), los niños en la Guinea testan tu humanidad tocándote. Un poco igual que los adultos. No lo pueden evitar. Si te quieren conocer no hablan, te dan la mano. El tiempo que queda sujeta es, la primera vez, muy corto, pero sirve de sondeo. Luego ya te miran a los ojos, que la vista directa les da más vergüenza.
Es curioso, y a la vez agradable, porque entiendes que ellos, aún, necesitan la cercanía del otro para sentirse bien, algo que la civilización ahoga en otros lugares, donde la gente se relaciona cada vez más por teléfono e internet. Del aislamiento viene la incomprensión y de ahí la soledad. Quizá, sólo por involución sanadora, deberíamos tocarnos un poco más para sentirnos más humanos.
A veces son pruebas curiosas; cuando estuve en Polonia, los profesores con los que trabajábamos nos llevaron el primer día a beber cerveza, e insistían en ello hasta disgustarse si alguien no tomaba un poco de alcohol en la cena. Luego una compañera española que había vivido tiempo en países vecinos nos explicó que si no sabes beber y compartir, les pareces poco digno de confianza. Por supuesto, si te emborrachas también. He de decir que en aquella ocasión salimos todas las españolas muy bien paradas, al igual que los y las alemanes/as.
En Bissau hay otras pruebas inconscientes. El jueves, en el descanso de una de las charlas, me quedé sola en la clase. Enfrente de la ventana donde estaba había dos niños, de unos siete y once años. Cuando me vieron, llevado por la curiosidad, el mayor se acercó lentamente al vano, me miró de lado, casi esquivando mis ojos, y murmuró "i kumá?" mientras introducía, despacio, la mano derecha por entre los barrotes, dejándola balancearse en el aire de lado. Alargué mi mano y se la estreché, suave y largamente. Bem, dereito, le dije. Esa fue la señal para que el otro niño se acercara y me diera la mano también. Si hubieran sido once, los once habrían repetido ese acto.Cerca de nuestra casa viven dos niñas de cuatro y nueve años (más o menos, es que aquí los niños pequeños son muy grandes) que siempre nos saludan, al igual que sus padres, pero que rara vez se habían acercado a nosotros. Un día la más pequeña, haciéndose la valiente con unas compañeras que nos miraban extasiadas, se acercó decidida para demostrar que éramos amigos suyos (nosotros y las perras). Ni corta ni perezosa, alargó la mano y se la ofreció a mi marido, que, cordialmente, se la estrechó. Súbitamente su concepto del blanco la sorprendió y dio un bote: la piel era muy fina! Le cogió la mano y la acarició y miró de arriba a abajo. Luego le señaló el pelo -entonces les daba vergüenza hablar con nosotros) y él, divertido, se agachó y dejó que se lo tocara. Inmediatamente todo el grupo se acercó y lo tocó. Luego fue mi turno y después el de Dama, nuestra perra belga.
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| La casa de nuestras amigas |
El tacto es tan importante como la palabra. Así como un bebé va estimulando su cerebro con diferentes texturas (cuántos niños vemos andar rozando todas las paredes y ventanas con la punta de los dedos), los niños en la Guinea testan tu humanidad tocándote. Un poco igual que los adultos. No lo pueden evitar. Si te quieren conocer no hablan, te dan la mano. El tiempo que queda sujeta es, la primera vez, muy corto, pero sirve de sondeo. Luego ya te miran a los ojos, que la vista directa les da más vergüenza.
Es curioso, y a la vez agradable, porque entiendes que ellos, aún, necesitan la cercanía del otro para sentirse bien, algo que la civilización ahoga en otros lugares, donde la gente se relaciona cada vez más por teléfono e internet. Del aislamiento viene la incomprensión y de ahí la soledad. Quizá, sólo por involución sanadora, deberíamos tocarnos un poco más para sentirnos más humanos.
viernes, 17 de agosto de 2012
Ganas de cosas
Es cierto que una se va "amoldando", en el buen sentido de la palabra, a medida que vive en países diferentes al propio. Es una adaptación imperceptible, paulatina y silenciosa. Cuando el país es rico, se habitúa a alimentos y hábitos que en su lugar de origen se considerarían lujos, y cuando es más pobre se renuncia poco a poco a costumbres adquiridas. Y no me refiero a la higiene.
De forma más bien imprevista nos vamos unos días a España. Es un viaje fuera de proyecto que nos pilla algo de sorpresa y por ello da más gusto. Estaba pensando hoy, mientras hacía la minimaleta (una con cositas como equipaje de mano y tres vacías para traerlas llenas), en que tenía hambre y no sabía qué tomar. De repente, me apeteció comer una manzana a mordiscos. Cosa extraña, porque puede hacer años que la pelo y le quito las semillas, tal como me mandó el endocrino. Ayer pensaba en que cuando llegara a Zamora me iba a zampar una bamba de nata. No sé, caprichos que me dan.
Lo cierto es que de forma progresiva una se va acostumbrando a comer sólo lo que hay en el país y lo que se trae en las maletas, y se renuncia a otros alimentos (no las golosinas que he mencionado) que forman parte de la dieta habitual. Por ejemplo, intelectualmente se echa de menos el cocido, aunque físicamente no sé si lo soportaríamos; o un buen asado, o unas almejitas a la marinera, o uvas (empieza ahora la temporada), higos, queso fresco de vaca, ahumados, la merluza, el chocolate -blanco sobre todo, del otro a veces se encuentra-, el pan de Cubillos de corteza crujiente y miga consistente, las cerezas y los melocotones de Toro, los pimientos rojos para asar de Benavente, el queso de oveja de mi tierra... supongo que mi marido añadiría a la lista el hígado, las mollejas y tal; yo afortunadamente sobrevivo sin ello. La lechuga y los brotes tiernos, la rúccola, los canónigos... madre mía, qué de cosas. Según escribo voy dándome cuenta de todo lo que he dejado de comer.
Restringimos también movimientos; con la lluvia apenas se sale de la capital (bendito Quinhamel) y casi nada de casa, las visitas a amigos prácticamente han desaparecido -todos están de vacaciones- y los restaurantes están algo apagados. Yo sigo bendiciendo el Bistró porque tiene cerveza belga (quién si no él iba tenerla) pero hace un siglo que no puedo comer pizza allí porque el cocinero especialista desaparece intermitentemente. Por cierto, echo de menos los quesos rallados y la mozzarella, la harina de fuerza (se me ha terminado) y la salsa de tomate (no digo la marca) que se acabó ayer. Y el hojaldre.
En casa también reducimos movimientos: llueve, luego no nos bañamos; hay mosquitos, nada de jardín -peste de malaria-; tenemos luz del Estado, que a nuestra casa llega sin fuerza ninguna, así que no hay luz en casi ningún sitio; nuestros movimentos se reducen a medio salón.
Vivimos con poca luz, mucha agua, una pizca de aire acondicionado y cortos paseos por la ciudad y por el campo. Nos conectamos a Internet cuando podemos (si hay luz del Estado no, por supuesto) y nos acostamos cuando ya no hay ni luz ni nada que hacer. Leemos mucho y vemos pelis en versión original. El intercambio de filmes empieza a ser más que interesante en esta época tan húmeda.
Cuando vayamos a España nos entregaremos, como siempre, a esos placeres poco pecaminosos que hemos abandonado sin darnos cuenta: tomar cañas, por ejemplo. Nos cuesta ir a casa a comer o cenar, pasamos horas en terrazas o, simplemente, en la calle, viajamos con el coche a visitar conocidos y nos atontamos mirando escaparates. Todo un lujo. Nos cuesta un poco más pasear por el campo sin las perritas y por sitios tan secos como los castellanos. A veces me resulta increíble dormir sin oír la bomba del agua o no desvelarme porque se ha ido la luz y hay que cambiar los disyuntores. Me cuesta no meter en lejía las verduras antes de comerlas ni lavar con jabón las frutas. Fíjate tú.
Pues eso, que con la sorpresa del viaje y a sólo cuatro horas de coger el avión se me han despertado las ganas de comer berberechos, perritos calientes, claras con limón y helados de La Valenciana. Ganas de no meter el burro en casa y pingonear por doquier. De coger el coche y hacer kilómetros con ganas. De tomarme unas cañitas en Ávila y otras en San Lorenzo de El Escorial (hola, peque). Si me descuido, me entran ganas hasta de trabajar con estrés, como hacía antes.
Y eso no quiere decir que vivamos mal ahora. Qué va. Estamos casi hasta muy bien, salvando la cruz de la electricidad. Es sólo que nos habíamos olvidado de que teníamos ganas de muchas cosas. Hasta de pasar algo de frío.
Cómo cambiamos.
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| Este es el paisaje del camino a mi casa. A esto me acostumbro con gusto |
De forma más bien imprevista nos vamos unos días a España. Es un viaje fuera de proyecto que nos pilla algo de sorpresa y por ello da más gusto. Estaba pensando hoy, mientras hacía la minimaleta (una con cositas como equipaje de mano y tres vacías para traerlas llenas), en que tenía hambre y no sabía qué tomar. De repente, me apeteció comer una manzana a mordiscos. Cosa extraña, porque puede hacer años que la pelo y le quito las semillas, tal como me mandó el endocrino. Ayer pensaba en que cuando llegara a Zamora me iba a zampar una bamba de nata. No sé, caprichos que me dan.
Lo cierto es que de forma progresiva una se va acostumbrando a comer sólo lo que hay en el país y lo que se trae en las maletas, y se renuncia a otros alimentos (no las golosinas que he mencionado) que forman parte de la dieta habitual. Por ejemplo, intelectualmente se echa de menos el cocido, aunque físicamente no sé si lo soportaríamos; o un buen asado, o unas almejitas a la marinera, o uvas (empieza ahora la temporada), higos, queso fresco de vaca, ahumados, la merluza, el chocolate -blanco sobre todo, del otro a veces se encuentra-, el pan de Cubillos de corteza crujiente y miga consistente, las cerezas y los melocotones de Toro, los pimientos rojos para asar de Benavente, el queso de oveja de mi tierra... supongo que mi marido añadiría a la lista el hígado, las mollejas y tal; yo afortunadamente sobrevivo sin ello. La lechuga y los brotes tiernos, la rúccola, los canónigos... madre mía, qué de cosas. Según escribo voy dándome cuenta de todo lo que he dejado de comer.
Restringimos también movimientos; con la lluvia apenas se sale de la capital (bendito Quinhamel) y casi nada de casa, las visitas a amigos prácticamente han desaparecido -todos están de vacaciones- y los restaurantes están algo apagados. Yo sigo bendiciendo el Bistró porque tiene cerveza belga (quién si no él iba tenerla) pero hace un siglo que no puedo comer pizza allí porque el cocinero especialista desaparece intermitentemente. Por cierto, echo de menos los quesos rallados y la mozzarella, la harina de fuerza (se me ha terminado) y la salsa de tomate (no digo la marca) que se acabó ayer. Y el hojaldre.
En casa también reducimos movimientos: llueve, luego no nos bañamos; hay mosquitos, nada de jardín -peste de malaria-; tenemos luz del Estado, que a nuestra casa llega sin fuerza ninguna, así que no hay luz en casi ningún sitio; nuestros movimentos se reducen a medio salón.
Vivimos con poca luz, mucha agua, una pizca de aire acondicionado y cortos paseos por la ciudad y por el campo. Nos conectamos a Internet cuando podemos (si hay luz del Estado no, por supuesto) y nos acostamos cuando ya no hay ni luz ni nada que hacer. Leemos mucho y vemos pelis en versión original. El intercambio de filmes empieza a ser más que interesante en esta época tan húmeda.
Cuando vayamos a España nos entregaremos, como siempre, a esos placeres poco pecaminosos que hemos abandonado sin darnos cuenta: tomar cañas, por ejemplo. Nos cuesta ir a casa a comer o cenar, pasamos horas en terrazas o, simplemente, en la calle, viajamos con el coche a visitar conocidos y nos atontamos mirando escaparates. Todo un lujo. Nos cuesta un poco más pasear por el campo sin las perritas y por sitios tan secos como los castellanos. A veces me resulta increíble dormir sin oír la bomba del agua o no desvelarme porque se ha ido la luz y hay que cambiar los disyuntores. Me cuesta no meter en lejía las verduras antes de comerlas ni lavar con jabón las frutas. Fíjate tú.
Pues eso, que con la sorpresa del viaje y a sólo cuatro horas de coger el avión se me han despertado las ganas de comer berberechos, perritos calientes, claras con limón y helados de La Valenciana. Ganas de no meter el burro en casa y pingonear por doquier. De coger el coche y hacer kilómetros con ganas. De tomarme unas cañitas en Ávila y otras en San Lorenzo de El Escorial (hola, peque). Si me descuido, me entran ganas hasta de trabajar con estrés, como hacía antes.
Y eso no quiere decir que vivamos mal ahora. Qué va. Estamos casi hasta muy bien, salvando la cruz de la electricidad. Es sólo que nos habíamos olvidado de que teníamos ganas de muchas cosas. Hasta de pasar algo de frío.
Cómo cambiamos.
Voluntarios (I)
La reflexion acerca del hospital vino a cuento de una visita que hice a unas dentistas que han venido a recorrer Guinea Bissau para hacer una campaña de salud buco dental. Las doctoras realizan sobre todo extracciones y tratamientos de flúor para niños; los empastes -que ya no son gratis- los derivan a dos centros que realizan ese tipo de tratamientos y endodoncias. Dejé pendiente ese tema y ahora lo retomo para no olvidar las impresiones del día.
En principio, mi idea no era ir a verlas, sino a hablar con María, una española afincada aquí y que colabora con organizaciones, asociaciones y voluntarios. Al llegar al hospital, la encontré haciendo de recepcionista de las dentistas, pasando lista, dando citas y anotando los tratamientos. Ese es el inicio. Estaba en una puerta, junto a dos bancos en los que algunas personas aguardaban su turno y enfrente de una habitación con niños enfermos. Una de las mujeres que aguardaba su turno tenía un bebé en el regazo, al que amamantaba de forma casi ininterrumpida, y un hombre sostenía a un niño de edad indefinida (entre uno y tres años) dsenutrido y enfermo que recibe tratamiento en el centro. A través de la puerta se veía a tres mujeres blancas con batas, mascarillas e instrumental en ristre. Dos estaban trabajando (o intentándolo) con dos mujeres sentadas en sendas sillas; una, debajo de una ventana, la otra en la pared de enfrente con una linterna en la frente. La tercera estaba sentada en una silla de plástico y tenía sobre el regazo a otra mujer sentada a horcajadas en una silla y reclinada hacia atrás. Qué maña tienen, pensé.
El caso es que saludé a María, me empezaron a hablar varias de las mujeres que esperaban, saludé rápidamente y cuando me quise dar cuenta, tras el habitual ofrecimiento de ¿necesitáis ayuda? me vi con dos pares de guantes de látex en las manos lavando y esterilizando instrumental, agarrando manos de pacientes muy nerviosas, tapándoles los ojos, sacando y enfocando una linterna cuando se fue la luz... Así trabajan, y en ello va una pequeña crítica al país. Sé que tiene poco, pero cuando van a trabajar gratis los médicos de otros países, podían al menos ponerles ayuda. No digo mucha, pero un auxiliar para, por ejemplo, limpiar los aparatos y que puedan seguir trabajando, mantener la electricidad constante o ponerles fuentes auxiliares de luz por si la corriente falla (algo, por cierto, muy corriente)... algo. A veces da la sensación de que no sólo no agradecen (institucionalmente, digo) esta colaboración, sino que casi les molesta.
Ellas, las doctoras, por su parte, ponen imaginación, maña, horas y horas (cuando llegué a las once de la mañana algunas aún no habían desayunado), instrumental prestado por compañeros que traen en el vuelo, días de vacaciones que emplean en ayudar, y a veces un mes sin sueldo. No perciben dinero por su trabajo, nada de nada. Se pagan su billete de avión y facturan sus maletas, y cuando salen de la consulta se llevan encima las herramientas porque valen un pastón y no son suyas. Viven en casas de cooperantes que trabajan aquí, con las lógicas restricciones de agua y luz, porque no pueden permitirse el lujo de pagar un hotel.
El trabajo que realizan es encomiable. Su labor fundamental es extraer piezas o restos de piezas que quedan en las bocas por caries, rotura o desgaste. Esta vez han tenido que trabajárselo más, porque una de las normas para una correcta cicatrización es no escupir en cuatro días y estamos en Ramadán; el Corán prohíbe comer en las horas de luz (de cinco y media de la mañana a siete y media de la tarde) y entre el concepto de no comer se incluye no tragar ni saliva, con lo cual escupir, en estos días, es ley de Alá.
En los ratitos de descanso, o mientras esperaban a que una anestesia hiciera efecto, salían a conversar con los pacientes, a jugar con las niñas de la sala de enfrente, a visitar otras habitaciones... Sobre la una y media del mediodía por fin salimos a "desayunar": cruasanes, minipizzas, zumos y cafés. Son animosas, dispuestas. Curiosamente, como decía en la entrada anterior, todas mujeres. No van a cambiar el país, ni a mejorarlo sustancialmente, pero igual que una pulga puede llenar de ronchas a un maquinista, ellas mejoran sustancialmente la vida de algunas personas limpiando sus encías, eliminando infecciones, dando consejos de higiene. Loable su trabajo y su dedicación. Verdaderas voluntarias cooperantes, anónimas, que no reciben dinero a cambio de su entrega; sólo el agradecimiento de la gente del país y, por supuesto, el reconocimiento de los que sabemos que existen.
En principio, mi idea no era ir a verlas, sino a hablar con María, una española afincada aquí y que colabora con organizaciones, asociaciones y voluntarios. Al llegar al hospital, la encontré haciendo de recepcionista de las dentistas, pasando lista, dando citas y anotando los tratamientos. Ese es el inicio. Estaba en una puerta, junto a dos bancos en los que algunas personas aguardaban su turno y enfrente de una habitación con niños enfermos. Una de las mujeres que aguardaba su turno tenía un bebé en el regazo, al que amamantaba de forma casi ininterrumpida, y un hombre sostenía a un niño de edad indefinida (entre uno y tres años) dsenutrido y enfermo que recibe tratamiento en el centro. A través de la puerta se veía a tres mujeres blancas con batas, mascarillas e instrumental en ristre. Dos estaban trabajando (o intentándolo) con dos mujeres sentadas en sendas sillas; una, debajo de una ventana, la otra en la pared de enfrente con una linterna en la frente. La tercera estaba sentada en una silla de plástico y tenía sobre el regazo a otra mujer sentada a horcajadas en una silla y reclinada hacia atrás. Qué maña tienen, pensé.
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| Barreños para higien del material |
Ellas, las doctoras, por su parte, ponen imaginación, maña, horas y horas (cuando llegué a las once de la mañana algunas aún no habían desayunado), instrumental prestado por compañeros que traen en el vuelo, días de vacaciones que emplean en ayudar, y a veces un mes sin sueldo. No perciben dinero por su trabajo, nada de nada. Se pagan su billete de avión y facturan sus maletas, y cuando salen de la consulta se llevan encima las herramientas porque valen un pastón y no son suyas. Viven en casas de cooperantes que trabajan aquí, con las lógicas restricciones de agua y luz, porque no pueden permitirse el lujo de pagar un hotel.
Los pacientes ponen voluntad, van como al matadero: muchos no han sido jamás atendidos por un dentista. Cuando les ponen la anestesia, se asustan al notar el adormecimiento de la boca, creen que se marean, se angustian... algunas y algunos lo resisten con fuerza y valentía; otros, como un joven muy musculado y gracioso, según entró se desnudó de cintura para arriba, se resbaló en la silla, abrió los brazos y medio murió en esa posición, mareado y asustado.
El trabajo que realizan es encomiable. Su labor fundamental es extraer piezas o restos de piezas que quedan en las bocas por caries, rotura o desgaste. Esta vez han tenido que trabajárselo más, porque una de las normas para una correcta cicatrización es no escupir en cuatro días y estamos en Ramadán; el Corán prohíbe comer en las horas de luz (de cinco y media de la mañana a siete y media de la tarde) y entre el concepto de no comer se incluye no tragar ni saliva, con lo cual escupir, en estos días, es ley de Alá.jueves, 16 de agosto de 2012
Simão Mendes
El martes tuve la ocasión de visitar una parte del Hospital Simão Mendes, el más grande de Guinea Bissau. Es un centro de salud nacional que pone en evidencia algunas de las graves carencias del sistema sanitario de este país. Dicen que cuando aprendes una lengua aprendes también las costumbres de un país. Creo que cuando ves un hospital también descubres la forma de vida de sus ciudadanos.
El hospital, como los demás, tiene en muchas ocasiones escasez de personal, consecuencia del bajo presupuesto del país y la falta de personal preparado. No hay dinero público para casi nada, más aún desde el golpe de Estado que ha provocado la paralización de las ayudas y el bloqueo internacional. Es una construcción digna, pero en un estado de reforma permanente. Se nutre de una buena cantidad de médicos cubanos (Cuba mantiene una estrecha colaboración con el país desde su Independencia) y médicos del país formados en Cuba, en la Facultad de Medicina de Bissau (de buena fama y dirigida por médicos cubanos) e internos del país que realizan las prácticas de sus estudios de medicina.
Los familiares se ocupan de la atención básica de los enfermos, les llevan la comida y se encargan de vigilarlos durante el día. Aquella persona que no tiene hijos, padres, hermanos o primos está perdida en el país y en el hospital también. Las medicinas que toman los pacientes se compran en una farmacia que hay dentro del recinto. Hasta ahí casi todo es familiar, o parecido a algunos países que conocemos. Luego viene la peculiaridad de Bissau.
Yo visité pediatría para ver a unas dentistas españolas que hacen camapañas de salud buco dental desde hace años en todo el país. Eso ya lo contaré otro día, eso y las circunstancias en que muchas de estas voluntarias (y algún voluntario) trabajan.
La puerta de entrada al ala de pediatría está cerrada, con controles en la puerta para evitar el movimiento de gente descontrolado. Dentro, el ambiente es tranquilo. Las habitaciones son amplias, con ventanas nuevas y camas grandes, lo suficientemente grandes como para que quepan madre e hijo en ocasiones (si no son bebés). La sala que vi tenía diez camas. En la entrada, a la izquierda, una señora y una niña estaban uniendo bandas (fajas de algodón tejidas en telar) cosiéndolas con hilo azul después de haber hecho en ambos lados unas cadenetas de ganchillo. Cada una sostenía los paños por un extremo e iban cosiendo hasta juntarse en el medio.
Una señora, en el centro del pasillo, estaba terminando de barrer el suelo con las tradicionales bassoras (escobas hechas de paja). Recogió con la mano la basura acumulada, la colocó sobre la bassora bien apretada y le dio a una niña de unos cinco o seis años todo el paquete para que saliera a tirarlo a la calle.
Entre las camas y debajo de ellas había instrumentos propios de las mujeres del país: barreños de plástico en los que traen la ropa, la comida y lo que necesitan (lo ponen todo en el barreño y lo trasladan sobre la cabeza, como es habitual). Cada mujer tenía dos o tres baldes de plástico de diferentes tamaños, uno o dos boles o jarritas metálicas, algunas telas, bassoras y alguna cosa más.
Las camas estaban hechas (las hacen las madres), con pañuelos de colores sobre ellas, y la sala limpia. Ignoro si habían fregado. Cuando lo hacen (eso ya lo he visto miles de veces), utilizan el "pano de lava chon", un paño de algodón del tamaño de una toalla (a veces una toalla) que mojan en agua, pasan por el suelo sin agacharse (ole la fexibilidad de esas caderas y de los isquiotibiales), enjuagan y escurren para repetir la operación una y otra vez.
Las mujeres estaban algunas sentadas en el suelo, otras sobre las camas charlando, alguna alrededor de una mesa central donde depositan medicamentos, comidas y otras cosas. Los "mininus", los pequeños pacientes, según la gravedad permanecían tumbados o sentados en las camas o jugaban por la habitación e investigaban un poco más allá de la puerta. Los que dan más lástima, supongo que por la edad, son los bebés ingresados por desnutrición. Están en brazos de la madres o los padres (alguno hay), tan menudos que parecen mucho más pequeños de lo que son, sin fuerzas para cambiar la cabeza de postura o llorar fuerte. Se lamentan bajito mientras se dejan caer sobre el cuerpo de sus cuidadores.
No es en sí una imagen caótica o perdida. Es simplemente tan tradicional como este país. Los esfuerzos se reparten para suplir carencias, se mantiene la dignidad a pesar de las necesidades y se conserva la fuerza y la esperanza. No puedo negar que me gustaría ver los hospitales con puertas y ventanas adecuadas, con ropa de cama, timbres y enfermeras, pero hasta ahora esto es lo que hay. Carencias y dignidad. Y la esperanza de que si algún día el país evoluciona claramente, con estabilidad, la sanidad se desarrolle. A mí me gustaría no ver niños de dos o tres años con tanta desnutrición como para parecer bebés de ocho meses, pero imagino que los mayores dramas están en otras alas, las que no vi, aquí y en otras zonas: leproserías, centros para tuberculosos (ahí están las monjas, trabaja que trabaja), para enfermos terminales de SIDA, recientes colegios y orfanatos para niños deficientes... hace falta mucha ayuda y mucho empeño del propio país en hacer bien las cosas.
El hospital, como los demás, tiene en muchas ocasiones escasez de personal, consecuencia del bajo presupuesto del país y la falta de personal preparado. No hay dinero público para casi nada, más aún desde el golpe de Estado que ha provocado la paralización de las ayudas y el bloqueo internacional. Es una construcción digna, pero en un estado de reforma permanente. Se nutre de una buena cantidad de médicos cubanos (Cuba mantiene una estrecha colaboración con el país desde su Independencia) y médicos del país formados en Cuba, en la Facultad de Medicina de Bissau (de buena fama y dirigida por médicos cubanos) e internos del país que realizan las prácticas de sus estudios de medicina.
Los familiares se ocupan de la atención básica de los enfermos, les llevan la comida y se encargan de vigilarlos durante el día. Aquella persona que no tiene hijos, padres, hermanos o primos está perdida en el país y en el hospital también. Las medicinas que toman los pacientes se compran en una farmacia que hay dentro del recinto. Hasta ahí casi todo es familiar, o parecido a algunos países que conocemos. Luego viene la peculiaridad de Bissau.
Yo visité pediatría para ver a unas dentistas españolas que hacen camapañas de salud buco dental desde hace años en todo el país. Eso ya lo contaré otro día, eso y las circunstancias en que muchas de estas voluntarias (y algún voluntario) trabajan.
La puerta de entrada al ala de pediatría está cerrada, con controles en la puerta para evitar el movimiento de gente descontrolado. Dentro, el ambiente es tranquilo. Las habitaciones son amplias, con ventanas nuevas y camas grandes, lo suficientemente grandes como para que quepan madre e hijo en ocasiones (si no son bebés). La sala que vi tenía diez camas. En la entrada, a la izquierda, una señora y una niña estaban uniendo bandas (fajas de algodón tejidas en telar) cosiéndolas con hilo azul después de haber hecho en ambos lados unas cadenetas de ganchillo. Cada una sostenía los paños por un extremo e iban cosiendo hasta juntarse en el medio.
Una señora, en el centro del pasillo, estaba terminando de barrer el suelo con las tradicionales bassoras (escobas hechas de paja). Recogió con la mano la basura acumulada, la colocó sobre la bassora bien apretada y le dio a una niña de unos cinco o seis años todo el paquete para que saliera a tirarlo a la calle.
Entre las camas y debajo de ellas había instrumentos propios de las mujeres del país: barreños de plástico en los que traen la ropa, la comida y lo que necesitan (lo ponen todo en el barreño y lo trasladan sobre la cabeza, como es habitual). Cada mujer tenía dos o tres baldes de plástico de diferentes tamaños, uno o dos boles o jarritas metálicas, algunas telas, bassoras y alguna cosa más.
Las camas estaban hechas (las hacen las madres), con pañuelos de colores sobre ellas, y la sala limpia. Ignoro si habían fregado. Cuando lo hacen (eso ya lo he visto miles de veces), utilizan el "pano de lava chon", un paño de algodón del tamaño de una toalla (a veces una toalla) que mojan en agua, pasan por el suelo sin agacharse (ole la fexibilidad de esas caderas y de los isquiotibiales), enjuagan y escurren para repetir la operación una y otra vez.
Las mujeres estaban algunas sentadas en el suelo, otras sobre las camas charlando, alguna alrededor de una mesa central donde depositan medicamentos, comidas y otras cosas. Los "mininus", los pequeños pacientes, según la gravedad permanecían tumbados o sentados en las camas o jugaban por la habitación e investigaban un poco más allá de la puerta. Los que dan más lástima, supongo que por la edad, son los bebés ingresados por desnutrición. Están en brazos de la madres o los padres (alguno hay), tan menudos que parecen mucho más pequeños de lo que son, sin fuerzas para cambiar la cabeza de postura o llorar fuerte. Se lamentan bajito mientras se dejan caer sobre el cuerpo de sus cuidadores.
No es en sí una imagen caótica o perdida. Es simplemente tan tradicional como este país. Los esfuerzos se reparten para suplir carencias, se mantiene la dignidad a pesar de las necesidades y se conserva la fuerza y la esperanza. No puedo negar que me gustaría ver los hospitales con puertas y ventanas adecuadas, con ropa de cama, timbres y enfermeras, pero hasta ahora esto es lo que hay. Carencias y dignidad. Y la esperanza de que si algún día el país evoluciona claramente, con estabilidad, la sanidad se desarrolle. A mí me gustaría no ver niños de dos o tres años con tanta desnutrición como para parecer bebés de ocho meses, pero imagino que los mayores dramas están en otras alas, las que no vi, aquí y en otras zonas: leproserías, centros para tuberculosos (ahí están las monjas, trabaja que trabaja), para enfermos terminales de SIDA, recientes colegios y orfanatos para niños deficientes... hace falta mucha ayuda y mucho empeño del propio país en hacer bien las cosas.
viernes, 10 de agosto de 2012
Bistró
No he comentado nada sobre la variedad de expatriados que
puebla Bissau. Ciertamente tengo acceso a un grupo reducido de ellos, tanto
españoles como de otros países, lo que da una visión parcial de la
situación, pero quizá porque aportan color local voy a hablar hoy de uno de
ellos.
En general, hay tres tipos de personas: las que trabajan en
organismos oficiales, las que colaboran con organizaciones no gubernamentales y
aquellas que se buscan la vida en el país emprendiendo negocios variopintos. Es
un resumen burdo y superficial, pero más o menos se corresponde con la
realidad. Dentro de estos grupos habría tantos subgrupos como caracteres tienen
los seres humanos: los hay que se esfuerzan por hacer un buen trabajo, los que
viven del cuento sin responsabilidades o excusándose en los demás y los que emprenden
actividades poco legales amparados en sus posiciones. No entro en más detalle.
Dentro del grupo de extranjeros que se buscan la vida, los
más atractivos por su personalidad son aquellos que llegaron por diversas
razones y echaron raíces, emprendieron negocios y malviven, sobreviven o
viven bien con el fruto de su trabajo según la suerte que hayan tenido, los contactos que han establecido ("amigos"), su inteligencia y su capacidad de adaptación.
Uno de ellos es el dueño del Bistró, un belga afincado en
Bissau desde hace más de veinticinco años. Llegó con una labor de cooperación y
aquí se quedó, no me digáis por qué razón. Una de sus actividades (supongo que
la más lucrativa) es la construcción. Dice que tú le das el diseño y el dinero
y él te entrega las llaves de la casa hecha. Entre sus especialidades está la
canalización. La otra actividad es el bar-restaurante. He de reconocer que de
los pocos lugares más o menos occidentalizados de la capital, el Bistró es mi
favorito. Bueno, y de los no occidentalizados. Tiene sus defectos, como que tardan mucho en servir la comida y que a
la luz del día no sé qué color tendrán las paredes, pero distando mucho en el
lujo, recuerda al ambiente del bar de Rick en Casablanca; un ambiente
nostálgico y decadente. En el Bistró la comida es buena, la compañía agradable
y el propietario siempre tiene una sonrisa para recibir a los clientes. Es el
lugar perfecto para tomar una copa después de cenar, incluso antes, y para
encontrar conocidos cuando uno se siente solo.
Si hemos de creer que las casas y los negocios tienen el carácter
de sus dueños, este lugar refleja familiaridad e incita a la confianza. Allí
nos reunimos expatriados del mundo, europeos o africanos, dispuestos a tomar
una copa y hablar en lenguas variadas mientras esperamos la hora de volver a
casa o el momento en que el ambiente nocturno llene discotecas y bares, sumergiendo
a los más animosos en la juerga del fin de semana que, como en otras partes del
mundo, empieza los jueves.
martes, 31 de julio de 2012
Todos nos sofisticamos
Es una
curiosidad más, pero viene a cuento de cómo los seres nos acostumbramos a las
comodidades y la tecnología siempre que nos facilite la vida. Aunque no sepamos
ni qué es lo que estamos usando.
Voy por nuestro barrio de paseo, y sabiendo ya que existen, un señor mayor me pide (porque ve que los llevo) óculos para leer, porque no ve tres en un burro. Eso sí, pidió permiso a mi esposo para hablar conmigo.
Una de las pocas veces que algún empleado de la casa le pidió a mi marido un regalo de España, y oyendo las modernidades que hay por el mundo, le pidió… un teléfono en el que se viera la televisión! ¡Si ni siquiera yo he visto uno todavía! Supongo que pensó que si éramos blancos y ricos, eso debía de ser una nadería para nosotros.
La sobrina de una amiga de aquí pidió un día a su madre que llamara a su tía por teléfono, y cuando la madre le contestó que no podía, porque no tenía saldo, la niña, de tan sólo dos años, le dijo: pues llámala por skype, que no cuesta.
Así se acostumbra uno al progreso, de manera intuitiva e inconsciente. Y entre los humanos es normal, encontramos recursos que nos acercan a otros, que nos facilitan las actividades. Pero entre los animales también hay acomodación.
Las golondrinas de mi casa cada vez son más, porque como hay perros no entran gatos. Desde que pongo música a toda pastilla con las ventanas abiertas, pájaros cuyo nombre desconozco, pequeñísimos y con reflejos irisados azules y verdes vienen hasta casa a mirar lo que hacemos. Y con los riegos matutinos otras aves más grandes, y de un azul metalizado parlotean sobre los eucaliptos a la espera del riego y la consiguiente huída de hormigas y otros insectos.
Mis perras no escapan a la modernidad. Antes, cuando tenían calor, se iban al sol un rato a achicharrarse y cuando estaban ardiendo entraban en casa para refrescarse. Ahora, esperan a que ponga el aire acondicionado y se espanzurran sobre el suelo para dormir a pata suelta. Y si tardo mucho, se impacientan y me persiguen por la casa.
Así de curioso es el mundo. Nosotros estamos acostumbrándonos a una vida más primitiva, ahorrando toda la luz que podemos, haciendo acopio de comida y con la mitad de la tecnología y comodidades que tendríamos en España y nuestras perras, al contrario, se hacen más pijas aquí. El mundo al revés.
Voy por nuestro barrio de paseo, y sabiendo ya que existen, un señor mayor me pide (porque ve que los llevo) óculos para leer, porque no ve tres en un burro. Eso sí, pidió permiso a mi esposo para hablar conmigo.
Una de las pocas veces que algún empleado de la casa le pidió a mi marido un regalo de España, y oyendo las modernidades que hay por el mundo, le pidió… un teléfono en el que se viera la televisión! ¡Si ni siquiera yo he visto uno todavía! Supongo que pensó que si éramos blancos y ricos, eso debía de ser una nadería para nosotros.
La sobrina de una amiga de aquí pidió un día a su madre que llamara a su tía por teléfono, y cuando la madre le contestó que no podía, porque no tenía saldo, la niña, de tan sólo dos años, le dijo: pues llámala por skype, que no cuesta.
Así se acostumbra uno al progreso, de manera intuitiva e inconsciente. Y entre los humanos es normal, encontramos recursos que nos acercan a otros, que nos facilitan las actividades. Pero entre los animales también hay acomodación.
Las golondrinas de mi casa cada vez son más, porque como hay perros no entran gatos. Desde que pongo música a toda pastilla con las ventanas abiertas, pájaros cuyo nombre desconozco, pequeñísimos y con reflejos irisados azules y verdes vienen hasta casa a mirar lo que hacemos. Y con los riegos matutinos otras aves más grandes, y de un azul metalizado parlotean sobre los eucaliptos a la espera del riego y la consiguiente huída de hormigas y otros insectos.
Los sapos, más
inteligentes aún, han encontrado un refugio maravilloso en el skimmer de la
piscina y ahora hay que sacarlos de allí todos los días porque han decidido que
es casa: allí están fresquitos y a salvo de los depredadores.
Mis perras no escapan a la modernidad. Antes, cuando tenían calor, se iban al sol un rato a achicharrarse y cuando estaban ardiendo entraban en casa para refrescarse. Ahora, esperan a que ponga el aire acondicionado y se espanzurran sobre el suelo para dormir a pata suelta. Y si tardo mucho, se impacientan y me persiguen por la casa.
Así de curioso es el mundo. Nosotros estamos acostumbrándonos a una vida más primitiva, ahorrando toda la luz que podemos, haciendo acopio de comida y con la mitad de la tecnología y comodidades que tendríamos en España y nuestras perras, al contrario, se hacen más pijas aquí. El mundo al revés.
sábado, 28 de julio de 2012
Ocupar bien el tiempo (sin tecnología, y II)
Durante unos días hemos sufrido la asuencia de conexión a Internet en Bissau. No sólo nosotros, la mayor parte de la ciudad se quedó sin ella. La empresa sufrió un accidente (dicen que robaron los cables, no es difícil de creer, ya vi que en España se robara el cobre de las farolas) que ha tardado cuatro días en reparar. Esta ausencia se unió a la muerte de la antena de televisión (hace más de un mes que no la vemos).
Lo cierto es que el primer día pensé ¿qué hago tantas horas si no puedo conectarme?, pero a los quince minutos se me ocurrieron cientos de actividades que realizar, máxime cuando no necesito en este momento la world wide web para el trabajo. En un santiamén saqué las telitas y entre la tarde del primer día y el segundo me hice un pantalón. Luego abrí el abandonado libro de portugués y me enfrasqué en los ejercicios. A esas opciones se añadieron la lectura y una ampliación del horario de Pilates, actividades culinarias (oye, qué bueno sale el brioche) y un sinfín de pequeñas ocupaciones entre las cuales la estrella ha sido el peinado y adecentamiento de las perras, que falta les hacía.
Cuando el miércoles por la tarde volvió a exisitir Internet, ya no lo necesitaba más que para ver el correo. Por cierto que llegaron mensajes esperados de amigas y todos con buenas noticias. La moraleja es clara: sin el ordenador -computador lo llaman aquí- y sin la tele se aprovecha más el tiempo. A ver si lo asumo y dejo de perder horas delante de ambos. Bueno, de la tele no, que no la hemos arreglado. Ya me hartaré de la informática, si todo va bien, cuando comience el curso. Ahora, al portugués de cabeza, que me examino en septiembre.
Lo cierto es que el primer día pensé ¿qué hago tantas horas si no puedo conectarme?, pero a los quince minutos se me ocurrieron cientos de actividades que realizar, máxime cuando no necesito en este momento la world wide web para el trabajo. En un santiamén saqué las telitas y entre la tarde del primer día y el segundo me hice un pantalón. Luego abrí el abandonado libro de portugués y me enfrasqué en los ejercicios. A esas opciones se añadieron la lectura y una ampliación del horario de Pilates, actividades culinarias (oye, qué bueno sale el brioche) y un sinfín de pequeñas ocupaciones entre las cuales la estrella ha sido el peinado y adecentamiento de las perras, que falta les hacía.
Cuando el miércoles por la tarde volvió a exisitir Internet, ya no lo necesitaba más que para ver el correo. Por cierto que llegaron mensajes esperados de amigas y todos con buenas noticias. La moraleja es clara: sin el ordenador -computador lo llaman aquí- y sin la tele se aprovecha más el tiempo. A ver si lo asumo y dejo de perder horas delante de ambos. Bueno, de la tele no, que no la hemos arreglado. Ya me hartaré de la informática, si todo va bien, cuando comience el curso. Ahora, al portugués de cabeza, que me examino en septiembre.
lunes, 23 de julio de 2012
Casamento
Hoy tengo que hablar de unos amigos de Bissau. De Rosa y
Bouba. Después de varios años de convivencia optaron por casarse para que él
pudiera viajar a España sin problemas para conocer a la familia y los amigos de
su pareja. Los días previos han sido muy ajetreados: recopilar y entregar la
documentación necesaria, hacer la ropa y las invitaciones, ambas con tanta
demora que el lunes anterior a la boda aún las estaban recogiendo, elegir el
pastel…
La madrina de boda, por su parte, fue todo lo madre que pudo en su cometido y les regaló los trajes a ambos. El bassán blanco para hacerlos y el coste de la realización por el alfayate. La tela, el “pano” que dicen aquí, lo trajo de Senegal. Dicen que allí la calidad de los tejidos es mayor. Después de la espera, tan blancos y bordados en violeta y plata resultaron muy bonitos.
Hoy nos hemos juntado unos cuantos para celebrarlo. Ambos estaban felices, y han reído y llorado a partes iguales. Compartiendo con ellos, seis blancos y muchos más pretos. Comida tradicional en una ONG, el tradicional Vivan los novios! español, las canciones tradicionales africanas interpretadas por los invitados tras cortar la tarta… Allí los dejamos, cantando y bailando con el grupo que el ya marido ha formado, interpretando temas del disco que están grabando. Proyectos e ilusiones nuevas.
Nosotras, las amigas, hemos compartido risas y bobadas ñoñas
respecto de la ropa, las uñas, el viaje, el tocado… Fue divertido. Tomamos
gin-tonics y cenamos pizza. Por un momento, nos hemos sentido su familia aquí.
Entre mis obligaciones estuvo la de confeccionarle unas
flores de tela para adornar el moño. Esas cosas que una promete en un momento
de euforia y luego dice “¡ostras, pero qué he dicho, si no he hecho una en mi vida!”
Afortunadamente, Internet tiene de todo, hasta vídeo-tutoriales para hacer
flores de tela que no sean de flamencorra desparramá en la feria de abril. De
la imagen al hecho hay un largo camino, pero al final salieron y,
verdaderamente, puestas en el pelo parecían hasta bonitas.
![]() |
| He aquí las flores antes de ser entregadas a la novia |
La madrina de boda, por su parte, fue todo lo madre que pudo en su cometido y les regaló los trajes a ambos. El bassán blanco para hacerlos y el coste de la realización por el alfayate. La tela, el “pano” que dicen aquí, lo trajo de Senegal. Dicen que allí la calidad de los tejidos es mayor. Después de la espera, tan blancos y bordados en violeta y plata resultaron muy bonitos.
Dos días antes tuvimos bonita una jornada en casa: yo
cosiendo flores sin luz (¡qué raro, Murphy por aquí!) mientras la madrina hacía
la manicura con la iluminación de varias lámparas a pilas y nos tomábamos unos
refrescos. Típicamente guineense.
La novia ha mezclado los nervios con la ilusión; se casó de
blanco cumpliendo el sueño de su abuela, aunque con un traje tradicional del
país; le costó trabajo ver todos los prolegómenos realizados, echó de menos a
su familia, sobre todo a su madre... Para aliviar la morriña, su padre
emprendió el martes anterior el viaje y estuvo con ella todo el tiempo.
El novio se vio algo desbordado por las preocupaciones
europeas: papeleos, formalidades… también añoró a los suyos, que viven en
Conakry y no pudieron estar aquí, se enfadó cuando vio a sus amigos con ropa de
faena en lugar de bien atezados, se emocionó largamente cuando cortó la tarta…
![]() |
| Esta es la tarta, muy amorosa, como correspondía |
Hoy nos hemos juntado unos cuantos para celebrarlo. Ambos estaban felices, y han reído y llorado a partes iguales. Compartiendo con ellos, seis blancos y muchos más pretos. Comida tradicional en una ONG, el tradicional Vivan los novios! español, las canciones tradicionales africanas interpretadas por los invitados tras cortar la tarta… Allí los dejamos, cantando y bailando con el grupo que el ya marido ha formado, interpretando temas del disco que están grabando. Proyectos e ilusiones nuevas.
Le he dado un enfoque positivo. No sé qué pasará en el
futuro con ellos, como no sé lo que pasará con el resto de nosotros. Su
matrimonio es una apuesta por romper las barreras raciales, por creer en la
igualdad y la felicidad por encima de etnias, creencias y nacionalidades. Hoy
se casaron en Guinea Bissau una española blanca, de tradición cristiana aunque
ya no tenga esa creencia, licenciada en derecho, con un preto de Guinea
Conakry, musulmán y bailarín profesional. Toda una apuesta por la diversidad.
Bandim
Es una historia que tenía pendiente y no quiero echarla en
el olvido. El sábado día 14 estuve en Bandim, el mercado de todo que ocupa el centro
de Bissau. Para entendernos, es como si las calles principales de la cuidad
fueran un extenso centro comercial. Allí
se encuentra el mayor número de “lojas”
(tiendas) del país en las que uno puede encontrar -casi- de todo.
Pese a los olores, el primer espacio no fue muy sofocante.
La carencia de techos o los techados de paja permitían el paso del aire, y no
tuvimos mucha sensación de calor. Este nuevo espacio, más moderno y con
cubiertas de uralita, claro, era un mini horno. No había un exceso de gente,
pero sí una gran carencia de espacio. Para pasar entre la ropa había que ir
inclinada y para ver los vestidos y demás debíamos asomarnos desde detrás de
mil perchas. Varias de las expedicionarias comenzaron a elegir y probarse ropa
sobre la que llevaban puesta, gran proeza con el calor que hacía, mientras que
otras, ya derrotas, las mirábamos divertidas y realizábamos comentarios como
très jolie, um bocadinho grande, very nice, too short, etc. etc.
Sorprendentemente por la poca afluencia de turistas, siempre encontramos a
alguien que chapurreara inglés.
La experiencia finalizó cuando comenzaron a recoger las mercancías precipitadamente y nos invitaron a irnos. Llegaba la lluvia. Pero eso ya lo he contado. Ése fue el fin de la primera incursión y sólo compré dos telitas. Pero la próxima vez… ¡ay la próxima vez…!
Unas están especializadas en construcción y venden azulejos,
sanitarios, pisos de pvc, carretillos y otros instrumentos destinados a ese
fin. Otras ofrecen recambios de autos, o son bazares donde encontrar casi de
todo. Junto a estas construcciones, delante y detrás, se apelotonan puestos de
venta, unos más informales, compuestos de mesas de madera o telas extendidas en
el suelo, y otros más elaborados, con techos de uralita y paredes de adobe,
divisiones de madera y multitud de palos donde colgar las mercancías.
En Bandim se puede comprar ropa nueva y de segunda mano,
comida (creo que ya hablé del pan, las harinas, los pescados secos, los animales
vivos…), calzado, estores de caña, muebles, féretros, productos chinos como
lámparas portátiles de led, linternas, mecheros, radios, teléfonos móviles...
también telas y otra multitud de curiosidades.
Ya había estado una vez en la calle principal con una amiga
guineense, pero el sábado lo visité con varias blancas -como en el chiste: una
portuguesa, una sueca, una alemana y dos españolas… adivinad en qué hablamos- y
nos metimos, alentadas por la más experimentada, entre los vericuetos y
pasadizos de una calle lateral en busca de la tela perdida. Ésa era una de mis
aspiraciones, adentrarme por los intrincados caminos del mercado de Bandim.
El olor, por supuesto, al principio fue impactante. La
entrada estaba cerca de una “carnicería” donde los efluvios de vísceras llenas
de moscas, pedazos de patas con piel (no preguntéis cuál era el animal, no lo
sé) y grandes piezas de carne de ternera nos saludaron largamente. Imaginad la
cara de una de mis compañeras de expedición, vegana ella. El suelo lo recorrían
mil regatos de lo que suponía era agua, la gente se apiñaba en estrechos
espacios y se refrescaba con bolsas y botellas de agua, mojándose las manos y
el cuerpo. A la carnicería siguieron en una pequeña plaza, hecha entre los
puestos, las fruterías, las tiendas de pescado seco (otro no tan seco, pero más
hediondo) y otros vendedores de comestibles: harinas, especias, azúcar,
legumbres, pasta… todo ello a granel. Al
fondo estaban las tiendas de panos.
Hechas las compras iniciales, incluidas botellas de vino blanco
y tinto, atravesamos el laberinto de mesas y puertas abiertas hasta llegar a la
calle principal. En el camino pude ver droguerías que ofrecían todo tipo de
productos, entre los que descubrí una colonia de Carolina Herrera (tu-guan-tu).
Cuando quise reaccionar, ya había llegado a las tiendas de ropa de segunda
mano, siguiente destino en nuestro
periplo.
![]() |
| Bandim un poco después, con la lluvia amainando |
La experiencia finalizó cuando comenzaron a recoger las mercancías precipitadamente y nos invitaron a irnos. Llegaba la lluvia. Pero eso ya lo he contado. Ése fue el fin de la primera incursión y sólo compré dos telitas. Pero la próxima vez… ¡ay la próxima vez…!
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