jueves, 16 de agosto de 2012

Simão Mendes

El martes tuve la ocasión de visitar una parte del Hospital Simão Mendes, el más grande de Guinea Bissau. Es un centro de salud nacional que pone en evidencia algunas de las graves carencias del sistema sanitario de este país. Dicen que cuando aprendes una lengua aprendes también las costumbres de un país. Creo que cuando ves un hospital también descubres la forma de vida de sus ciudadanos.

El hospital, como los demás, tiene en muchas ocasiones escasez de personal, consecuencia del bajo presupuesto del país y la falta de personal preparado. No hay dinero público para casi nada, más aún desde el golpe de Estado que ha provocado la paralización de las ayudas y el bloqueo internacional. Es una construcción digna, pero en un estado de reforma permanente. Se nutre de una buena cantidad de médicos cubanos (Cuba mantiene una estrecha colaboración con el país desde su Independencia) y médicos del país formados en Cuba, en la Facultad de Medicina de Bissau (de buena fama y dirigida por médicos cubanos) e internos del país que realizan las prácticas de sus estudios de medicina.

Los familiares se ocupan de la atención básica de los enfermos, les llevan la comida y se encargan de vigilarlos durante el día. Aquella persona que no tiene hijos, padres, hermanos o primos está perdida en el país y en el hospital también. Las medicinas que toman los pacientes se compran en una farmacia que hay dentro del recinto. Hasta ahí casi todo es familiar, o parecido a algunos países que conocemos. Luego viene la peculiaridad de Bissau.

Yo visité pediatría para ver a unas dentistas españolas que hacen camapañas de salud buco dental desde hace años en todo el país. Eso ya lo contaré otro día, eso y las circunstancias en que muchas de estas voluntarias (y algún voluntario) trabajan.

La puerta de entrada al ala de pediatría está cerrada, con controles en la puerta para evitar el movimiento de gente descontrolado. Dentro, el ambiente es tranquilo. Las habitaciones son amplias, con ventanas nuevas y camas grandes, lo suficientemente grandes como para que quepan madre e hijo en ocasiones (si no son bebés). La sala que vi tenía diez camas. En la entrada, a la izquierda, una señora y una niña estaban uniendo bandas (fajas de algodón tejidas en telar) cosiéndolas con hilo azul después de haber hecho en ambos lados unas cadenetas de ganchillo. Cada una sostenía los paños por un extremo e iban cosiendo hasta juntarse en el medio.

Una señora, en el centro del pasillo, estaba terminando de barrer el suelo con las tradicionales bassoras (escobas hechas de paja). Recogió con la mano la basura acumulada, la colocó sobre la bassora bien apretada y le dio a una niña de unos cinco o seis años todo el paquete para que saliera a tirarlo a la calle.

Entre las camas y debajo de ellas había instrumentos propios de las mujeres del país: barreños de plástico en los que traen la ropa, la comida y lo que necesitan (lo ponen todo en el barreño y lo trasladan sobre la cabeza, como es habitual). Cada mujer tenía dos o tres baldes de plástico de diferentes tamaños, uno o dos boles o jarritas metálicas, algunas telas, bassoras y alguna cosa más.

Las camas estaban hechas (las hacen las madres), con pañuelos de colores sobre ellas, y la sala limpia. Ignoro si habían fregado. Cuando lo hacen (eso ya lo he visto miles de veces), utilizan el "pano de lava chon", un paño de algodón del tamaño de una toalla (a veces una toalla) que mojan en agua, pasan por el suelo sin agacharse (ole la fexibilidad de esas caderas y de los isquiotibiales), enjuagan y escurren para repetir la operación una y otra vez.

Las mujeres estaban algunas sentadas en el suelo, otras sobre las camas charlando, alguna alrededor de una mesa central donde depositan medicamentos, comidas y otras cosas. Los "mininus", los pequeños pacientes, según la gravedad permanecían tumbados o sentados en las camas o jugaban por la habitación e investigaban un poco más allá de la puerta. Los que dan más lástima, supongo que por la edad, son los bebés ingresados por desnutrición. Están en brazos de la madres o los padres (alguno hay), tan menudos que parecen mucho más pequeños de lo que son, sin fuerzas para cambiar la cabeza de postura o llorar fuerte. Se lamentan bajito mientras se dejan caer sobre el cuerpo de sus cuidadores.

No es en sí una imagen caótica o perdida. Es simplemente tan tradicional como este país. Los esfuerzos se reparten para suplir carencias, se mantiene la dignidad a pesar de las necesidades y se conserva la fuerza y la esperanza. No puedo negar que me gustaría ver los hospitales con puertas y ventanas adecuadas, con ropa de cama, timbres y enfermeras, pero hasta ahora esto es lo que hay. Carencias y dignidad. Y la esperanza de que si algún día el país evoluciona claramente, con estabilidad, la sanidad se desarrolle. A mí me gustaría no ver niños de dos o tres años con tanta desnutrición como para parecer bebés de ocho meses, pero imagino que los mayores dramas están en otras alas, las que no vi, aquí y en otras zonas: leproserías, centros para tuberculosos (ahí están las monjas, trabaja que trabaja), para enfermos terminales de SIDA, recientes colegios y orfanatos para niños deficientes... hace falta mucha ayuda y mucho empeño del propio país en hacer bien las cosas.

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