jueves, 24 de mayo de 2012

Curiosidades

A veces en la vida descubrimos que lo aprendido en la infancia puede servirnos para toda la vida. El otro día, leyendo el blog de otra española que trabaja en Bissau, contaba que quiso hacer una barbacoa y no sabía encender el carbón; comentaba al respecto que no saber prender o hacer unas brasas, pescar o trepar a los árboles y tantas cosas más es frustrante en un país como éste.

A colación de su comentario vienen ahora a mi memoria las cosas que conocí en la niñez y juventud: como no éramos precisamente ricos aprendí a pintar paredes con mis padres, a arreglar enchufes y persianas, a dar blanco a las juntas de los azulejos, a coser, a hacer filetes de una pechuga, a despiezar un conejo… incluso, en el instituto aprendí algo de electricidad, algo de música, algo de deportes, danzas regionales, teatro… Mi madre me decía con frecuencia, dado mi afán por saber de todo, eso de “conocedor de mucho, experto en nada”. Tenía razón, claro, pero no se sabe hasta qué punto ese conocimiento general puede ser útil cuando uno se va al tercer mundo.

En primer lugar, porque pierdes el miedo a hacer reparaciones urgentes de menor o mayor envergadura y de algo te suena todo a la hora de usar herramientas varias; incluyo en este apartado montar muebles, fijar estanterías, conectar electrodomésticos, arreglar grifos, etc. En segundo, porque coges bajos de cortinas, arreglas cremalleras, coses rotos, zurces calcetines e incluso, si encuentras una telita mona, te puedes hacer algún modelito (sin cremallera, porque parece que aquí no las venden) sin ir al alfayate, porque aquí –igual que en el mundo árabe- los que confeccionan la ropa son hombres. En tercer lugar, puedes hacer pasta, bizcochos, pan y galletas, limpiar y despiezar pescado, picar con hacha trozos de carne para hacer lasaña, trocear con habilidad un pollo entero después de descongelado, claro (es que aquí no hay carnicerías, te los venden vivos y, aunque vi a mis tíos y padres de muy niña matar bichos, a eso no voy a llegar), y mil cosas más utilísimas en la cocina.

En el colmo del saber hacer, también puedo crear una paltaforma moodle, un blog (véase éste) o preparar una presentación en power point como si tal cosa.

Ayer redescubrí para qué servía la famosa ruletita de púas que está en mi costurero  desde que el mundo es mundo (tierna infancia). Quería obtener un patrón para hacer una casaquita y no tenía papel de seda, así que apañé el primer periódico que encontré y pensé… ¿y ahora qué, si esto no trasparenta? y repentinamente recordé que la ruletita es para pasarla sobre el patrón y dejar impresa la huella en cualquier papel que pongas por debajo. Y para, con papel de calco, pasarla por el patrón y dejarla impresa en cualquier tela. Eso lo hacíamos en clase de corte y confección cuando elaborábamos con periódicos ropa para muñecas antes de lanzarnos al patronaje humano: uníamos hojas de diarios con celo, marcábamos los contornos y luego todo era cortar, hilvanar y coser. Flipé yo solita. En fin, que vinieron bien las clases de costura que recibí a los catorce.

Lo que ya no sé es si estoy despertando aprendizajes antiguos por las necesidades del país o, con los años que tengo, estoy entrando en la demencia senil y me parece que cualquier tiempo pasado fue mejor y por eso lo recuerdo con semejante lucidez. En cualquier caso, hasta que no vuelva a España no voy a preocuparme; aquí este pseudo-alzheimer me viene perlas.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Tchuba y plagas


Creo que de esto ya hablé en alguna ocasión, pero a partir de ahora será frecuente que aparezca en mis entradas de blog. La sequía tiene su aquél, y que haga menos calor también; pero cuando llega la temporada de lluvias hay sucesos curiosos casi todos los días.

El viernes cayó el primer temporal sobre Bissau, con dos días de retraso sobre la fecha oficial de inicio de temporada. Como para compensar el hecho de haberse hecho esperar, fue extremadamente virulento. O eso me pareció. Tal vez ya no me acordara de cómo eran las lluvias tropicales.

El caso es que llovió y con la lluvia vinieron los truenos, los relámpagos que hacen de día la noche más cerrada, el agua como expulsada por una limpiadora a presión y un viento tremendísimo que trajo, para ser más imponente, toneladas de polvo del desierto. Qué gracia, el mismo día que habían vaticinado para España lluvias de barro. Aquí fueron oleadas de barro.

Todas las terrazas de la casa aparecieron después del temporal entoñadas en puera roja (no se veían los azulejos del suelo) y toda la parcela y la piscina, además, con una hermosa capa de ramas desgajadas y hojas, principalmente de eucalipto. La antena parabólica rodó de un lado a otro con un estruendo acongojante apenas sujeta por un cable; menos mal que no voló. Por supuesto, mi ardua labor de sellar los orificios de puertas y ventanas no pudo con la madre naturaleza y por la terraza superior entró un río de agua. Ése fue el balance de la primera lluvia.

Cuando pensamos que ya había pasado todo, el sábado, y justo cinco minutos antes de que aparecieran unos amigos para tomar algo en casa, llegó también la primera plaga: hormigas voladoras. Cuando digo plaga, no exagero. Tras dejar limpísima la casa, me senté a descansar y súbitamente comencé a oír un zumbido en el pasillo; al asomarme, vi el suelo de la entrada lleno de furmigas con alas. Las malditas entraban por la súper-selladísima puerta principal y se extendían a sus anchas por el interior de la casa. El Murphy de Bissau: cada vez que limpio, llega para hacer de las suyas.

Agarré el bloom max y comencé a fumigar a diestro y siniestro y, viendo que no cesaban de llegar, enarbolé el zum-zum-un-año-sin-insectos para intoxicar hasta al apuntador. Requerí la ayuda de mi marido (que venía de ducharse bien limpito) para que saliera al exterior a desinsectizar con todos los productos químicos a nuestro alcance con la estrategia de atacar por todos los frentes, y afortunadamente el número de intrusas empezó a disminuir. Fuera se oían golpes, ruidos… como en una película de miedo. Cuando mi amado esposo entró, tenía una espantosa capa de hormigas por todo el cuerpo. Se había quitado la camiseta, la había sacudido, se la había puesto y lo habían vuelto a colonizar. Asombroso. El guarda se esforzaba por barrer a los formícidos alados caídos en el combate, que se contaban por cientos. Que me muera ahorita mismo si miento. Parecía una alfombra negra. Ahora lamento no haber hecho una foto, pero no tenía tiempo: si abrías un resquicio de alguna puerta o ventana se colaban desesperadas, más aún tras el ataque químico realizado desde el exterior.

¿Cómo acabó la escena? Igual que llegaron, las hormigas se fueron. Como ya he dicho, las bajas entre los insectos se contaron por cientos. Mi pobre cónyuge tuvo que ducharse y cambiarse de ropa para acabar con las invasoras, que eran, por cierto, extremadamente pegajosas (supongo que por el calor y la humedad). Yo, entre tanto, hube de barrer, fregar e intentar disimular el olor a insecticida que impregnó toda la casa.

Afortunadamente, la mayoría de los invitados llegaron tarde, una costumbre muy normal aquí, y eso nos dio tiempo para poner todo en orden nuevamente. Según fueron entrando les sacudimos los insectos que traían en la cabeza. Aún así, pasé la velada recogiendo con la mopa a las hormigas que entraban a morir al salón por alguna rendija que todavía no he localizado. Bueno, como aventura no está mal. Creo que faltan la de grillos, saltamontes, langostas, arañas… y la de la mardita marabunta, aunque ésa ya ha avisado y ayer se quiso comer un poco a mis perritas. País.

domingo, 20 de mayo de 2012

Impasse

Siempre me ha hecho gracia esa palabra. La usan mucho en casa de mi marido, con el significado habitual de “situación atascada” o “momento crucial para tomar una decisión”. Según la RAE, un impasse es voz francesa que significa “situación de difícil o imposible resolución, o en la que no se produce ningún avance”; en español equivale a las expresiones callejón sin salida o punto muerto; a veces se utiliza erróneamente por compás de espera, expresión que significa, simplemente, “detención temporal de un asunto”. Yo no la había utilizado en la vida, pero ahora me parece muy adecuada. Podría decir que la situación en Bissau está en un eterno impasse. No creo que vaya a pasar nunca nada.

Más allá del golpe de Estado, la vida continúa de manera caprichosa en este lugar del mundo. A pesar de la falta de gobierno desde hace más de un mes, las oficinas ministeriales con alguna recaudación están abiertas porque es la forma de ganar dinero. En lugar de ir a las arcas estatales, lo que se cobra paga a los militares y algo queda para los funcionarios. Los policías en las calles paran más coches que nunca (oh multas, todas sois iguales) y la aduana portuaria abre unas horitas por la mañana. No necesitan más que cobrar un poco.

Por la contra, bares y restaurantes están en baja: por las noches se sale mucho menos y los proyectos de cooperación que terminaron no se reponen, así que los trabajadores de ONG’s y organismos internacionales se vuelven a sus tierras. El toque de queda no anulado formalmente hace de retén inconsciente.

Como para hacer un favor y ralentizar el destierro, la TAP interrumpe de forma irregular sus vuelos, dificultando la movilidad y reteniendo a las personas que entran y salen (que quieren hacerlo, vamos) en Lisboa y Bissau sin previo aviso. Tienen pocos viajeros y anulan viajes sin preaviso, dando un toque de emoción al hecho de volar. ¿Podré, no podré? La Junta Militar ha publicado una lista de personas que no pueden abandonar el país que ahora mismo no tiene mucho sentido, porque salir del país es casi una proeza (como entrar).

Nosotros, pues, seguimos en ese impasse esperando que un inesperado acuerdo ponga un Gobierno en marcha, que la actividad económica se normalice, que ocurra un milagro y llegue de verdad la democracia… Estamos en el mismo impasse del tiempo, que espera la lluvia desde hace días y tchuba ka ta tchubi, pinga, que dicen, pero no cae agua. Con bochorno, humedad y calor que avisan la tormenta, pero sin atisbos de desenlace.

Al menos el viernes llegó el primer temporal. Lo arrasó todo. Esperemos que el movimiento político no sea tan virulento.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Garoupa

Para variar el tema alejándome de la política, voy a reflexionar sobre la ignorancia. La propia, que de la ajena ya se encargarán otros.

Ayer fui al mercado a comprar fruta y verdura y hoy tocó el puerto para adquirir pescado fresco, base de la dieta en estas tierras. Cierto que iba buscando lenguados, bicas o corvinas, peces todos ellos que conozco y aprecio, pero la vendedora me ofreció una magnífica garoupa de casi tres kilos a un precio razonable: algo más de dos euros y medio por quilo. 


Bueno,será sabroso, pero feo un rato, ¿no?

Yo, la verdad, no lo hubiera comprado de ir sola: es un pez feo, grisáceo y con el vientre hinchado; pero Keba, nuestro conductor, lo consideraba un manjar y me lo presentaron con tanto afán que me pareció mal decir que no y pagué los poco más de seis euros que costó. Así pues, regresé a casa con dos quilos de chocos frescos (como sepias), una pequeña bica (breca o pagel, decimos en España) y una enorme garoupa que no quería comer, que no sabía qué era ni cómo se cocinaba.

Llegada a la cocina, a la hora de la verdad, las tijeras y cuchillos hicieron su labor primera: pela y pica los chocos, guarda las tintas, limpia, desescama y destripa los peces... Y he ahí el quid de la cuestión, ¿cómo cortar semejante animal si no sé qué es? ignoraba si las espinas harían buen caldo, qué corte era el más adecuado, qué iba a hacer con ella…

Menos mal que existen Internet y la cultura para usarlo. Después de encontrar varias páginas en portugués donde mostraban las excelencias del pez pero no me aclaraban qué era, opté por buscar su nombre científico; el latín es universal, me dije, y apareció el milagro: Epinephelus marginatus. No me extraña que lo marginen, colegí para mí, porque es feo con ganas. Lo curioso vino luego, cuando descubrí, al pasar el nombrecito al buscador castellano, que había marginado durante seis meses de mi mesa ni más ni menos que el mero. Amarillo, pero mero. De repente todo tuvo sentido: mero con patatas, mero al horno, mero a la marinera, mero a la italiana, mero en salsa verde…

Saqué dos hermosos filetes, hice un caldo magnífico con las espinas, la cabeza y los recortes y mañana Dios dirá en qué suculento plato se convertirá el mero. Esa es la moraleja de la historia. Nunca digas no por ignorancia o, al menos, no tardes seis meses en saber de qué te están hablando. Por si los meros (a menos de tres euros el kilo, oye).

sábado, 5 de mayo de 2012

Una vez más, el retorno

El cuatro de mayo llegó por fin y con él mi regreso a Bissau. Fue un viaje normal y sin sobresaltos que me llevó a una ciudad fantasma. Pocos viajeros, casi ninguna luz en las calles secundarias y ausencia de movimiento en los barrios. Para ser viernes, Caracol, el más baretero y con fama de alcohólico, estaba desierto. Una bocanada de calor me pegó los vaqueros al cuerpo y noté que extrañaba el olor del país. Demasiado tiempo fuera.

Nuestro primer paseo matutino con las perras se ha llenado de saludos. Los guineenses ven con miedo que los brancos nos vayamos, dejando a miles de personas sin trabajo y vaciando de dinero el país, así que tuve muchas sonrisas, gente que me habló por primera vez con evidente alegría: si volvemos parece que todo puede arreglarse. Lo hicieron con júbilo y casi midiéndome; alguno empleó de forma consciente y clara su criollo nativo, y yo contesté con mi mezcolanza habitual, recuperado de golpe del recurso idiomático y demostrando que no los había olvidado. Pregunté por hijos, por padres, por familias... me preguntaron por el viaje, la madre (para ellos siempre es importante: mamá, saludos de todo Guinea Bissau, eres la grande mère, la mindjer garandi), la suegra (Carmina, para ti otra ración de saludos), las ferias-vacaciones… temían que no volviera. Si estoy aquí, mi marido no se va.

Hoy toca deshacer maletas, colocar, saber si no olvidé nada, ponerme al día del país y contactar con los amigos. Hay que recuperar la normalidad deprisa: traje café, compra tú pan, todavía queda algo de leche… Una mujer blanca que vi en el aeropuerto me aseguró que los supermercados reponen, pero poco para que no haya pillajes; no quieren que vuelvan los robos de los primeros días. Me informó de dónde encontrar qué, de lo que se ha acabado, de lo que no falta nunca (pescado, fruta y verdura: familia y amigos, podemos sobrevivir)… mujeres extendiendo la cadena de información de supervivencia.

Bajo todo ello, el deseo de volver a la normalidad, de forzar al país a normalizarse. Es casi misión imposible. No parece que nada pueda arreglarse fácilmente. Nos queda permanecer contemplando la evolución, esperar que embajadas y organismos no abandonen el barco con las sanciones, acatar las decisiones diplomáticas porque los intereses que las motivan van más allá de nuestro entendimiento, intentar comprender por qué tantos países quieren controlar al pobre Bissau: Senegal, Angola, Portugal, Burkina Faso… cada vez que uno adquiere protagonismo como mediador, alguien lo acusa de querer apoderarse de este mini-narco-estado-fallido. Una locura africana como tantas otras.

Más allá, el miedo al silencio e indiferencia que esta pequeña y convulsa no-nación provoca. Uno de los cinco lugares del mundo donde más gente muere pero que no preocupa a nadie. No hay imágenes de muertos y mutilados de guerra, no hay niños famélicos despertando nuestra ternura ante las cámaras. La muerte en Bissau es silenciosa y discreta, pero imparable: cólera, malaria, tuberculosis, sida, incluso simplemente diarreas o enfermedades desconocidas; malnutrición en lugar de desnutrición, desatención en incapacidad sanitaria en lugar de grandes epidemias. Por eso, aunque aquí mueren más niños que casi en ninguna parte, aunque la esperanza de vida es de las más bajas (47 años, cielos, me quedan uno y medio), aunque la pobreza (que no la miseria) se lo come todo, nadie habla de él, nadie clama por rescatar este pequeño estado africano a pesar de su amabilidad, de su escasa violencia y de ser más confortable socialmente que otros del entorno: menos mendicidad, menos robos, más tranquilidad…

Aquí nos quedamos de momento, como la gente de aquí, mirando la vida pasar. Ojalá las conversaciones lleven a algo, al menos a otros dos años de tranquilidad, y este lo-que-sea pueda desarrollarse hacia algo, estado, país o como quieran llamarlo.

miércoles, 25 de abril de 2012

En tierra

El primer vuelo de la TAP hacia Bissau tuvo lugar el lunes. Fue un vuelo anómalo, en un horario inusual y en una fecha insólita (que no inédita). Yo me quedé en tierra. Nadie aseguraba que ese viaje de ida tuviera pasaje de vuelta, y mis compromisos en España me obligaron a renunciar al viaje.

Deseaba ver a la gente de allí, comprobar cómo está el país y colaborar a la normalización siguiendo con nuestra vida. Y, por supuesto, encontrarme con las perritas, que han quedado abandonadas casi un mes (sé que los guardas las cuidan bien). Sin embargo, me he visto diciendo adiós en mi marido en el aeropuerto y volviendo a casa sola. No me quejo, es lo que toca, y he vivido sola el tiempo suficiente como para aprovechar el tiempo y sacarle partido a estos días ordenando, decorando y tirando cosas. Y viajando.

De Bissau me llegan noticias inquietantes: la vida allí es bastante normal dentro de lo que cabe, pero viven sin gobierno y se teme que comiencen las carencias no tardando mucho. Además, no se llega a ningún acuerdo para formar un gobierno y la intervención militar, aún no decidida, parece ganar puntos en este desconcierto. Hay miedo a que la gente, cuando llegue primero de mes, no cobre sus sueldos y comiencen verdaderamente el hambre y los pillajes. Urge encontrar una solución que por momentos se aleja.

Mientras todo eso pasa, aquí los días fluyen casi corren y el tiempo de regresar se acerca. Espero-deseo que pueda por fin viajar el día 4 de mayo y encontrar la casa y la gente en las mismas condiciones en que las dejé. Con un poco de esperanza.

lunes, 16 de abril de 2012

Coup d'État

Como si fuera la confirmación de una sospecha latente, Guinea Bissau ha sufrido finalmente un golpe de Estado. La situación del país es confusa y su solución incierta. Las noticias que llegan por vías oficiales hablan de caos y cierre de fronteras, algo que finalmente ha ocurrido (parece que había mucho interés en ello), mientras que la gente que está viviendo allí habla de relativa normalidad y de miedo a una intervención militar extranjera.

Es curioso. Por un lado, está la realidad de un acto de violencia contra un Estado democrático (aunque Naciones Unidas lo ha catalogado como narco estado y estado fallido), la falta de sensatez para llevar con normalidad procesos como unas elecciones o un cambio de poder. Este desajuste es lógico en África: actualmente muchos países del entorno viven una situaicón convulsa, y en esta nación donde vivo nunca ha sido tranquila. Desde su independencia, por diversas razones, jamás un presidente de Guiena Bissau ha terminado su legislatura de manera tranquila. En el fondo, ambiciones económicas y el control del tráfico de drogas que, supuestamente, hay en el país (nadie puede asegurarlo con certeza, pero cuando el río suena tanto...)

Por otro lado, están las sospechas de que la comunidad de países lusófonos, capitaneados por Portugal, quiera en esta ocasión dar más gravedad de la que tiene al problema para lograr el favor de la opinión internacional ante una posible intervención militar. Aquí se han matado presidentes, se han dado más golpes de Estado y jamás nadie intervino. Ahora, al parecer, no se han producido asesinatos, se prepara un Consejo Nacional de Transición y los guineenses buscan una salida pacífica, pero Portugal envía tropas por mar con el pretexto de preparar una posible evacuación y fuerza la reacción de los golpistas, que cierran las fronteras y amenazan con medidas de defensa. ¿Por qué?

Las informaciones de las cadenas lusas hablaban de cierres de espacio aéreo que no han sido ciertos, la TAP canceló vuelos que podrían haberse hecho, excepcionalmente, de día. Otras compañías, como Air Marroc y Air Senegal han continuado volando hasta este momento en que el envío de fragatas ha provocado esta reacción militar. ¿Qué interés hay? La CLP presiona con que Naciones Unidas va a crear una fuerza de interposición, algo que esta organización no ha confirmado, y la presión dentro del país se acrecenta, atemorizando a la población.

Sé que allí hay miedo. Miedo por las reacciones de los militares y miedo por las maniobras de potencias extranjeras. Vivimos pegados a un teléfono que nos conecta con la gente de allí. Brancos y pretos han quedado, ahora sí, atrapados entre dos fuegos. Nosotros queremos volver al país, ya que nos hemos quedado fuera por la anulación de vuelos de la única compañía europea que puede operar allí, curiosamente portuguesa. Otros desean salir porque tienen miedo. La situación se vuelve, por momentos, caótica. Cuanto más se tranquiliza dentro, más se altera desde fuera. Y en el fondo, la locura del poder. Tanto de los poderosos nacionales (políticos y militares) como de los extranjeros, personas todas ellas con intereses económicos fuertes que no permiten avanzar en la democracia a este pequeño y desorganizado estado africano.