viernes, 14 de septiembre de 2012

Tan "agustito"

Viernes noche. Mi husband tiene una cena de trabajo y me he quedado sola en casa, como en la película pero sin ladrones. Como tengo la conciencia tranquila porque ya he terminado mis dos semanas de formación a profesores, he estado todo el día husmeando en Internet en busca de recetas de cocina, viendo vídeos de canciones antiguas argentinas (si se calla el cantor y otras similares) y remoloneando ante el ordenador.

Aquí, pensando en cómo pasar la noche del viernes, se me ocurrió poner en práctica una receta que encontré esta mañana: yuca brava. La misma historia de las patatas bravas pero con yuca cocida y luego frita. Apañé dos mandiocas o yucas que se estaban pudriendo en la encimera y me lancé al plato en cuestión. He de decir que había hecho muchas recetas de salsa brava, pero como la de hoy, ninguna; la bajé de un programa de RNE, Cocinar y cantar.

En fin, que como la salsa quedó estupenda me he dado un homenaje comiendo un suculento plato de yuca brava regado con una deliciosa cerveza Super Bock bien fría y en vaso helado. Con un leve aire acondicionado para compensar la elevada humedad. Un lujo asiático, que diría una amiga mía. Ahora sólo tengo que encontrar una buena peli (Greenaway tiene todas las papeletas, es él o una de dibujos animados) y dejar que le jour s'ecoule mientras llueve mansamente y la tormenta ruge ensordecida alrededor. Pequeños placeres..

martes, 11 de septiembre de 2012

Nostalgia

Hoy ha llegado el contenedor con los enseres de un español que llegó en agosto y vive al lado de mi casa. El aviso de la llegada, repentino y deseado, iluminó la cara de su mujer, que estaba tomando café conmigo. A la hora ya había un largo camión afincado en la puerta de su casa, un montón de gente descargando cajas, el transitario, el encargado, el chofer del español, un colega guineano, algunos seguranzas y, por supuesto, nuestros niños perdidos, bailando y retozando alrededor. De fondo, una inmensa tormenta tronaba largamente.

Ver la precipitación, la algarabía y la capacidad de congregación del evento me hizo rememorar el día en que llegó el nuestro, hace casi un año ahora. Teníamos, como ellos, la casa vacía convertida en un eco continuo cada vez que hablábamos, y añorábamos un sofá donde pasar las tardes, los libros, las películas y alguna menudencia más (mis cacharros de cocina, of ourse). Incluso la fecha es relevante, como ocurrió con nosotros

Ese recuerdo me llenó de nostalgia. ¿Hace ya un año que vivo aquí? El tiempo vuela. Lo cierto es que, como no me había fijado metas más allá de la adaptación y lograr que la casa tuviera un nivel digno de habitabilidad, el balance es positivo. Si acaso, lamento no saber hablar más criollo, que ha ido perdiendo importancia ante la necesidad del portugués y el francés en otros ámbitos de la vida. Incluso, del inglés. Y tampoco empecé la huerta famosa, y eso que todo brota en cuanto le enseñas un grano de arena. Me lo apunto como deberes.

Este año empieza con tarea (estoy colaborando con una cooperativa de profesores) y eso me anima mucho. En el examen salen también como logros positivos haber logrado tener relaciones personales al margen de mi pareja, es decir, tener vida social autónoma; manejarme con cierta soltura por la ciudad, que mis perritas están sanas a pesar del clima y seguir siendo, sin pretensiones, feliz. Ah, y que aún me encanta ver el ambiente de la ciudad y de Bandim cuando cae la tarde. Si no ha perdido embrujo esa sencilla rutina, es que aún hay cosas en Bissau que pueden fascinarme.

Tal vez un día publique una de esas entradas que escribí cuando aún no tenía muebles y que me recuerda lo curioso de este lugar. Sólo para echar una sonrisa nostálgica.

lunes, 10 de septiembre de 2012

El curso en España

Estos días ha comenzado el curso escolar en España con exámenes, evaluaciones, matrículas, organización escolar, horarios... Desde la información que me llega, con nuevas normativas que aún está por ver cómo afectarán a la calidad de la enseñanza. Supongo que, además, con la crisis en el aire, habrá miedos e incertidumbres que se añaden a la certeza de la nueva bajada de sueldos.

Cuando era niña, había un dicho que era: "ganas menos que un maestro de escuela". En verdad, mis padres, que eran maestros, ganaban entre los dos menos que mi tío, que era delineante en el antiguo Ministerio de Agricultura. Los cuatro hijos heredábamos ropa, libros y bicicletas y hacíamos uso de las bibliotecas públicas para cumplir con las obligaciones de los libros de lectura. Cuando los demás ya usaban "rotring" para el dibujo lineal, nosotros aún utilizábamos tiralíneas y tinta china. Eso me recuerda, también, lo torpe que era con esa técnica -tengo muy mal pulso- y lo mayor que soy. Las matrículas de los estudios (por ejemplo, la universidad) eran gratuitas, pero no tenías derecho a beca, lo que hacía que la adquisición de material escolar o estudiar en otra ciudad fuera muy oneroso para nuestros padres, que tuvieron tres hijos a la vez estudiando fuera. Luego, los sueldos comenzaron a equipararse a los de los demás trabajadores y la cosa fue mejor.

Parece que ahora, dispuestos a deshacer entuertos pasados, el Gobierno se ha empeñado en no discriminar y dentro de poco se dirá "ganas menos que un funcionario". La bajada de sueldos de los funcionarios (incluso de los que no lo son -los más- pero son llamados así por ignorancia) toca a todos ellos en un año en el que las tasas de matrícula aumentan, el IVA aumenta, el precio del material escolar aumenta, el precio del transporte aumenta, el pago de muchos tratamientos médicos y ortopédicos se comparte... Es un panorama difícil y desmotivante. Volver a trabajar con el futuro negro, no sabiendo si te recortan o te desplazan, después de años preparando unas oposiciones que ahora son más duras casi que las de judicaturas, hará que el regreso se ponga cuesta arriba.

Es cierto que, al menos, los funcionarios tienen trabajo -por ahora-, pero dará una inmensa tristeza ver cómo ha ido bajando también la calidad de vida de los alumnos y sus familias, las dificultades cotidianas para subsistir, que siempre se dejan traslucir en la vida escolar; la impotencia por no poder hacer nada para colaborar, porque la Administración limita el margen de ayuda pero no la obligación de gasto por padre en cada hijo, que crece de día en día. A ello se unirá el aumento de alumnos por aula (que incluso en los centros concertados empieza a ser exagerado) y la disminución de recursos. Para mí esto tiene una lectura: se baja la calidad de la educación y se reduce la posibilidad de recibir una formación adecuada, restringiéndola a unos pocos centros y unas pocas familias. Se acabó la igualdad de oportunidades.

Es cierto que antes teníamos casi cuarenta en clase y no pasaba nada; yo empecé así. Pero eran niños sin tecnología y que no decían ni pío en el aula. Que si no estudiaban o atendían, al menos no molestaban (consuelo poco pedagógico, por cierto). Por el camino se quedaban los malos o los torpes, que se iban a trabajar. Ahora la ley los obliga a estar en los centros hasta los dieciséis quieras que no y la falta de trabajo los deja dentro mucho más tiempo, sin intención de estudiar, sólo recogidos como en una guardería esperando a que pasen los años y el temporal.

Por eso, desde aquí, quiero mandar un fuerte abrazo a todos los que empiezan ahora el curso escolar: profesores, directivos, alumnos, familias, personal no docente... un abrazo y muchos ánimos. Quizá todo esto sirva para volver a hacernos responsables y dar valor a lo que verdaderamente importa. Me quedo con eso: este esfuerzo podrá -tal vez- recuperar el valor de la enseñanza y del esfuerzo colectivo, de familias y docentes, en el futuro de todos. Valor y al toro.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Tocarnos las manos

El comportamiento de la gente es un fiel reflejo de su cultura y costumbres; incluso de su educación. Así, cuando alguien comienza a relacionarse con personas de un país diferente, sus costumbres y hábitos nos van enseñando la sociedad en la que se desarrollan. Toda esta cháchara para decir que cuando uno llega a un país nuevo, sus habitantes lo ponen a prueba de diferentes maneras para calibrar si es digno de ser tratado o no.

A veces son pruebas curiosas; cuando estuve en Polonia, los profesores con los que trabajábamos nos llevaron el primer día a beber cerveza, e insistían en ello hasta disgustarse si alguien no tomaba un poco de alcohol en la cena. Luego una compañera española que había vivido tiempo en países vecinos nos explicó que si no sabes beber y compartir, les pareces poco digno de confianza. Por supuesto, si te emborrachas también. He de decir que en aquella ocasión salimos todas las españolas muy bien paradas, al igual que los y las alemanes/as.

En Bissau hay otras pruebas inconscientes. El jueves, en el descanso de una de las charlas, me quedé sola en la clase. Enfrente de la ventana donde estaba había dos niños, de unos siete y once años. Cuando me vieron, llevado por la curiosidad, el mayor se acercó lentamente al vano, me miró de lado, casi esquivando mis ojos, y murmuró "i kumá?" mientras introducía, despacio, la mano derecha por entre los barrotes, dejándola balancearse en el aire de lado. Alargué mi mano y se la estreché, suave y largamente. Bem, dereito, le dije. Esa fue la señal para que el otro niño se acercara y me diera la mano también. Si hubieran sido once, los once habrían repetido ese acto.

Cerca de nuestra casa viven dos niñas de cuatro y nueve años (más o menos, es que aquí los niños pequeños son muy grandes) que siempre nos saludan, al igual que sus padres, pero que rara vez se habían acercado a nosotros. Un día la más pequeña, haciéndose la valiente con unas compañeras que nos miraban extasiadas, se acercó decidida para demostrar que éramos amigos suyos (nosotros y las perras). Ni corta ni perezosa, alargó la mano y se la ofreció a mi marido, que, cordialmente, se la estrechó. Súbitamente su concepto del blanco la sorprendió y dio un bote: la piel era muy fina! Le cogió la mano y la acarició y miró de arriba a abajo. Luego le señaló el pelo -entonces les daba vergüenza hablar con nosotros) y él, divertido, se agachó y dejó que se lo tocara. Inmediatamente todo el grupo se acercó y lo tocó. Luego fue mi turno y después el de Dama, nuestra perra belga.

La casa de nuestras amigas
En este país las relaciones son todavía muy físicas, muy estrechas. Mantienen un contacto cercano unos con otros, tanto entre mujeres como entre hombres. Los niños y niñas mayores cargan en sus espaldas a sus hermanos, los hombres, jóvenes o adultos, caminan cogidos de la mano y hasta algunas veces de la cintura, como suelen hacer las mujeres. Cuando alguien te saluda, te da la mano, y si tiene confianza contigo -o quiere tenerla- la retiene un tiempo mientras te habla, sujetando así el lazo de unión entre los dos. Si un hombre o una mujer te acompañan para indicarte el camino, lo harán llevándote agrarrado, mano con mano, sin apretar, pero firmemente sujeto, como queriendo decir: yo te guío, no tengas miedo. 

El tacto es tan importante como la palabra. Así como un bebé va estimulando su cerebro con diferentes texturas (cuántos niños vemos andar rozando todas las paredes y ventanas con la punta de los dedos), los niños en la Guinea testan tu humanidad tocándote. Un poco igual que los adultos. No lo pueden evitar. Si te quieren conocer no hablan, te dan la mano. El tiempo que queda sujeta es, la primera vez, muy corto, pero sirve de sondeo. Luego ya te miran a los ojos, que la vista directa les da más vergüenza.

Es curioso, y a la vez agradable, porque entiendes que ellos, aún, necesitan la cercanía del otro para sentirse bien, algo que la civilización ahoga en otros lugares, donde la gente se relaciona cada vez más por teléfono e internet. Del aislamiento viene la incomprensión y de ahí la soledad. Quizá, sólo por involución sanadora, deberíamos tocarnos un poco más para sentirnos más humanos.

Escuela

De vuelta a Bissau, parece evidente por el silencio que el tiempo en España ha sido intenso. No hemos hecho nada de lo que nos proponíamos (algo lamentamos, como no haber ido al norte unos días) pero hemos montado armarios en casa y cosas por el estilo. Creo que al no ir mentalizados, sólo estuvimos descansando y tomando conciencia de que estábamos allí.

Ya de regreso, la vida comienza con actividad casi frenética. La hablada colaboración con una cooperativa escolar comenzó de golpe (llegué la madrugada del lunes y el martes ya estaba en ello), sin aviso ni charla previa, y durará unas dos semanas. Estoy hablando con profesores (ellos y ellas) sobre trabajar en equipo, y a medida que lo hago más me acuerdo de España, sobre todo trabajando la responsabilidad individual y la responsabilidad compartida. En mi país, les comento, cuando todo va mal la culpa siempre es de otros, nunca nuestra. Ellos se ríen y dicen que en el suyo es igual.

Un grupo de profesores durante el descanso
Está siendo un reto. Sin pensarlo me he visto hablando portugués lo mejor que puedo (intento que sea lo menos portuñol posible) en un tema que es bastante técnico. Peor aún es intentar escribir, y deprisa, en esa lengua. Los colegas guineenses ponen empeño en ayudar y me corrigen y completan. En ese sentido, cada sesión que pasa me siento más cómoda.

Lo más duro es demostrarles que en el fondo los problemas son idénticos. Supongo que es la misma visión que tienen del mundo occidental en todo; ven los móviles, los ordenadores, la riqueza y la tecnología y creen que sus problemas son diferentes, pero al final se reducen a la falta de puntualidad, la falta de atención, la baja base de los alumnos, la indisciplina, poca participación de los padres, no llevar el material a clase, el bajo interés... podría hacer un tête à tête con colegas españoles y, si no fuera por el color de la piel, les parecería estar hablando con compañeros guineenses.

No sé si mi colaboración servirá de algo. Intento que empiecen a dejar que los chicos aprendan solos, piensen en vez de repetir todo lo que dice el profesor hasta aprenderlo y se vuelvan responsables de su trabajo como un ejericio de madurez. Que interioricen las normas y tengan disciplina sin que les peguen. Aquí, como en España hace tiempo, sostienen lo de que la letra con sangre entra, y lo justifican diciendo que los negros sólo aprenden así. De modo que toca decirles eso de la ayuda, la presión del grupo, aprender a colaborar, marcar normas claras y demás principios de la organización escolar (tiempos, habilidades...).

Así es un aula de una cooperativa escolar
Finalmente creo que de trabajo en equipo no haremos mucho, porque como en todo centro, los profesores utilizan el espacio de formación para exponer sus problemas y preocupaciones y miran con miedo estas reformas que ahora se les exigen. Ellos dicen que ahora hay que dar más libertad a los alumnos y eso les asusta. Nada de eso me parece nuevo. Yo, por si acaso, hago hincapié en la necesidad de normas, de autonomía, de programar, de ejercer autoridad sin violencia, en la necesidad del razonamiento para que el país pueda mejorar. Espero que de algo sirva la ayuda y se sientan tentados a cambiar un poco, aunque no tengan portátiles ni videoconferencias ni, tan siquiera, luz.

viernes, 17 de agosto de 2012

Ganas de cosas


Este es el paisaje del camino a mi casa. A esto me acostumbro con gusto
Es cierto que una se va "amoldando", en el buen sentido de la palabra, a medida que vive en países diferentes al propio. Es una adaptación imperceptible, paulatina y silenciosa. Cuando el país es rico, se habitúa a alimentos y hábitos que en su lugar de origen se considerarían lujos, y cuando es más pobre se renuncia poco a poco a costumbres adquiridas. Y no me refiero a la higiene.

De forma más bien imprevista nos vamos unos días a España. Es un viaje fuera de proyecto que nos pilla algo de sorpresa y por ello da más gusto. Estaba pensando hoy, mientras hacía la minimaleta (una con cositas como equipaje de mano y tres vacías para traerlas llenas), en que tenía hambre y no sabía qué tomar. De repente, me apeteció comer una manzana a mordiscos. Cosa extraña, porque puede hacer años que la pelo y le quito las semillas, tal como me mandó el endocrino. Ayer pensaba en que cuando llegara a Zamora me iba a zampar una bamba de nata. No sé, caprichos que me dan.

Lo cierto es que de forma progresiva una se va acostumbrando a comer sólo lo que hay en el país y lo que se trae en las maletas, y se renuncia a otros alimentos (no las golosinas que he mencionado) que forman parte de la dieta habitual. Por ejemplo, intelectualmente se echa de menos el cocido, aunque físicamente no sé si lo soportaríamos; o un buen asado, o unas almejitas a la marinera, o uvas (empieza ahora la temporada), higos, queso fresco de vaca, ahumados, la merluza, el chocolate -blanco sobre todo, del otro a veces se encuentra-, el pan de Cubillos de corteza crujiente y miga consistente, las cerezas y los melocotones de Toro, los pimientos rojos para asar de Benavente, el queso de oveja de mi tierra... supongo que mi marido añadiría a la lista el hígado, las mollejas y tal; yo afortunadamente sobrevivo sin ello. La lechuga y los brotes tiernos, la rúccola, los canónigos... madre mía, qué de cosas. Según escribo voy dándome cuenta de todo lo que he dejado de comer.

Restringimos también movimientos; con la lluvia apenas se sale de la capital (bendito Quinhamel) y casi nada de casa, las visitas a amigos prácticamente han desaparecido -todos están de vacaciones- y los restaurantes están algo apagados. Yo sigo bendiciendo el Bistró porque tiene cerveza belga (quién si no él iba tenerla) pero hace un siglo que no puedo comer pizza allí porque el cocinero especialista desaparece intermitentemente. Por cierto, echo de menos los quesos rallados y la mozzarella, la harina de fuerza (se me ha terminado) y la salsa de tomate (no digo la marca) que se acabó ayer. Y el hojaldre.

En casa también reducimos movimientos: llueve, luego no nos bañamos; hay mosquitos, nada de jardín -peste de malaria-; tenemos luz del Estado, que a nuestra casa llega sin fuerza ninguna, así que no hay luz en casi ningún sitio; nuestros movimentos se reducen a medio salón.

Vivimos con poca luz, mucha agua, una pizca de aire acondicionado y cortos paseos por la ciudad y por el campo. Nos conectamos a Internet cuando podemos (si hay luz del Estado no, por supuesto) y nos acostamos cuando ya no hay ni luz ni nada que hacer. Leemos mucho y vemos pelis en versión original. El intercambio de filmes empieza a ser más que interesante en esta época tan húmeda.

Cuando vayamos a España nos entregaremos, como siempre, a esos placeres poco pecaminosos que hemos abandonado sin darnos cuenta: tomar cañas, por ejemplo. Nos cuesta ir a casa a comer o cenar, pasamos horas en terrazas o, simplemente, en la calle, viajamos con el coche a visitar conocidos y nos atontamos mirando escaparates. Todo un lujo. Nos cuesta un poco más pasear por el campo sin las perritas y por sitios tan secos como los castellanos. A veces me resulta increíble dormir sin oír la bomba del agua o no desvelarme porque se ha ido la luz y hay que cambiar los disyuntores. Me cuesta no meter en lejía las verduras antes de comerlas ni lavar con jabón las frutas. Fíjate tú.

Pues eso, que con la sorpresa del viaje y a sólo cuatro horas de coger el avión se me han despertado las ganas de comer berberechos, perritos calientes, claras con limón y helados de La Valenciana. Ganas de no meter el burro en casa y pingonear por doquier. De coger el coche y hacer kilómetros con ganas. De tomarme unas cañitas en Ávila y otras en San Lorenzo de El Escorial (hola, peque). Si me descuido, me entran ganas hasta de trabajar con estrés, como hacía antes.

Y eso no quiere decir que vivamos mal ahora. Qué va. Estamos casi hasta muy bien, salvando la cruz de la electricidad. Es sólo que nos habíamos olvidado de que teníamos ganas de muchas cosas. Hasta de pasar algo de frío.

Cómo cambiamos.

Voluntarios (I)

La reflexion acerca del hospital vino a cuento de una visita que hice a unas dentistas que han venido a recorrer Guinea Bissau para hacer una campaña de salud buco dental. Las doctoras realizan sobre todo extracciones y tratamientos de flúor para niños; los empastes -que ya no son gratis- los derivan a dos centros que realizan ese tipo de tratamientos y endodoncias. Dejé pendiente ese tema y ahora lo retomo para no olvidar las impresiones del día.

En principio, mi idea no era ir a verlas, sino a hablar con María, una española afincada aquí y que colabora con organizaciones, asociaciones y voluntarios. Al llegar al hospital, la encontré haciendo de recepcionista de las dentistas, pasando lista, dando citas y anotando los tratamientos. Ese es el inicio. Estaba en una puerta, junto a dos bancos en los que algunas personas aguardaban su turno y enfrente de una habitación con niños enfermos. Una de las mujeres que aguardaba su turno tenía un bebé en el regazo, al que amamantaba de forma casi ininterrumpida, y un hombre sostenía a un niño de edad indefinida (entre uno y tres años) dsenutrido y enfermo que recibe tratamiento en el centro. A través de la puerta se veía a tres mujeres blancas con batas, mascarillas e instrumental en ristre. Dos estaban trabajando (o intentándolo) con dos mujeres sentadas en sendas sillas; una, debajo de una ventana, la otra en la pared de enfrente con una linterna en la frente. La tercera estaba sentada en una silla de plástico y tenía sobre el regazo a otra mujer sentada a horcajadas en una silla y reclinada hacia atrás. Qué maña tienen, pensé.

Barreños para higien del material
El caso es que saludé a María, me empezaron a hablar varias de las mujeres que esperaban, saludé rápidamente y cuando me quise dar cuenta, tras el habitual ofrecimiento de ¿necesitáis ayuda? me vi con dos pares de guantes de látex en las manos lavando y esterilizando instrumental, agarrando manos de pacientes muy nerviosas, tapándoles los ojos, sacando y enfocando una linterna cuando se fue la luz... Así trabajan, y en ello va una pequeña crítica al país. Sé que tiene poco, pero cuando van a trabajar gratis los médicos de otros países, podían al menos ponerles ayuda. No digo mucha, pero un auxiliar para, por ejemplo, limpiar los aparatos y que puedan seguir trabajando, mantener la electricidad constante o ponerles fuentes auxiliares de luz por si la corriente falla (algo, por cierto, muy corriente)... algo. A veces da la sensación de que no sólo no agradecen (institucionalmente, digo) esta colaboración, sino que casi les molesta.

Ellas, las doctoras, por su parte, ponen imaginación, maña, horas y horas (cuando llegué a las once de la mañana algunas aún no habían desayunado), instrumental prestado por compañeros que traen en el vuelo, días de vacaciones que emplean en ayudar, y a veces un mes sin sueldo. No perciben dinero por su trabajo, nada de nada. Se pagan su billete de avión y facturan sus maletas, y cuando salen de la consulta se llevan encima las herramientas porque valen un pastón y no son suyas. Viven en casas de cooperantes que trabajan aquí, con las lógicas restricciones de agua y luz, porque no pueden permitirse el lujo de pagar un hotel.

Los pacientes ponen voluntad, van como al matadero: muchos no han sido jamás atendidos por un dentista. Cuando les ponen la anestesia, se asustan al notar el adormecimiento de la boca, creen que se marean, se angustian... algunas y algunos lo resisten con fuerza y valentía; otros, como un joven muy musculado y gracioso, según entró se desnudó de cintura para arriba, se resbaló en la silla, abrió los brazos y medio murió en esa posición, mareado y asustado. 
 
El trabajo que realizan es encomiable. Su labor fundamental es extraer piezas o restos de piezas que quedan en las bocas por caries, rotura o desgaste. Esta vez han tenido que trabajárselo más, porque una de las normas para una correcta cicatrización es no escupir en cuatro días y estamos en Ramadán; el Corán prohíbe comer en las horas de luz (de cinco y media de la mañana a siete y media de la tarde) y entre el concepto de no comer se incluye no tragar ni saliva, con lo cual escupir, en estos días, es ley de Alá.

En los ratitos de descanso, o mientras esperaban a que una anestesia hiciera efecto, salían a conversar con los pacientes, a jugar con las niñas de la sala de enfrente, a visitar otras habitaciones... Sobre la una y media del mediodía por fin salimos a "desayunar": cruasanes, minipizzas, zumos y cafés. Son animosas, dispuestas. Curiosamente, como decía en la entrada anterior, todas mujeres. No van a cambiar el país, ni a mejorarlo sustancialmente, pero igual que una pulga puede llenar de ronchas a un maquinista, ellas mejoran sustancialmente la vida de algunas personas limpiando sus encías, eliminando infecciones, dando consejos de higiene. Loable su trabajo y su dedicación. Verdaderas voluntarias cooperantes, anónimas, que no reciben dinero a cambio de su entrega; sólo el agradecimiento de la gente del país y, por supuesto, el reconocimiento de los que sabemos que existen.