viernes, 28 de septiembre de 2012

Quinhamel



Cuando dije que venía a vivir a Guinea Bissau, mis amigas me repetían eso de "yo tuve una granja en África" de aquella famosa película de Sydney Pollack, tarareando la melodía principal de la banda sonora. Bueno, ojalá yo fuera Meryl Streep y creo que en nada se parece la sabana a esta densa selva tropical. Rara vez cuento episodios que suenen a exótico y romántico en este país, que rememoren el colonialismo. Es cierto que los problemas diarios esconden muchas veces el encanto de este lugar; que los árboles no te dejan ver el bosque, vamos.

Hoy voy a hacer referencia a uno de esos lugares que te recuerdan que estás en África y que "vivimos como ricos". La ciudad, creo que ya lo he comentado, como el país, vive de espaldas al mar. No hay paseos marítimos ni playas de arena blanca en las que sofocar el calor. Ello hace que la mayor parte del tiempo suframos una especie de claustrofobia visual. El terreno es llano y la selva, cerrada y verde, lo invade todo; los manglares y campos de cultivo abarcan lo el ojo puede ver y nos privan del horizonte. Yo, a veces, subo a la terraza más alta de la casa para poder descansar la vista fijándola en el infinito. Mucha gente no es tan afortunada.

En parte por eso muchos domingos nos vamos a Quinhamel. Es una localidad sin ningún atractivo especial, no más que Ilondé u otras que están en el camino, aunque posee dos peculiaridades que la hacen muy apreciada; la primera, aloja una cooperativa en la que se hacen tapices y paños muy bien trabajados en grandes telares; la segunda, ofrece diversos lugares para comer. Uno de ellos está dentro de esta cooperativa, ARTISSAL, con una piscinita y sala de reuniones; otro, un poco más adelante y dentro ya del "mato", que pertenece a un portugués y ofrece ostras de, al parecer, buena calidad (aquí llaman ostras a un molusco que parece un híbrido entre una ostra y un mejillón, es muy apreciado por la población en general), y un tercero, el Mar Azul, que pertenece a varios socios, uno de ellos libanés.

El Mar Azul posee algo excepcional, algo con lo que difícilmente pueden competir otras instalaciones: el horizonte. Sus propietarios han comprendido lo importante de ofrecer a sus clientes, además de una comida buena y una piscina encantadora -incluidos bungalows donde alojarse de forma digna pero sin pretensiones- una terraza abierta al meandro de un pequeño río en el que se balancean distraidamente algunos barcos (un catamarán, una lancha y alguno más) que pueden alquilarse para salir a pasear o pescar. El cauce fluvial del Quetaxé (o Cunchuntum, no sé muy bien, están todos juntos en el mapa) es amplio a la vista, mucho, tanto que me costó entcontrarlo en el plano, porque en él, comparado con otras corrientes más caudalosas, aparece como una fina línea, y la curva descrita por el agua nos hace sentir cerca del mar.

Es poco más lo que hay que vender a una población sedienta de descanso. Una terraza cubierta donde la lluvia no entra, camarões y ostras a la brasa, cerveza fría y horizonte para disfrutar: cielo azul, agua y tierra a la vista. Nos hemos vuelto aficionados a ese lugar. Casi todos los domingos huímos hacia allí con algún amigo o conocido, dispuestos a relajarnos. Su atractivo es igual para blancos y negros. Es la parte colonialista. Indios que juegan al criquet y al waterpolo, africanos con sus familias, árabes, chinos, europeos... nos congregamos en los días de la estación húmeda esperando ver el sol y el más allá, aprovechando los ratitos de luz radiante para darse un bañito en la piscina o en la playa lodosa del río, paladeando peces recién pescados, hummus, arroz y patatas fritas en aceite de oliva entre palmeras, cajú y cientos de pájaros amarillos que anidan en los alrededores. Faltan el concierto para clarinete de Mozart y la música de John Barry para soñar con el paraíso. Todo un lujo africano.

jueves, 27 de septiembre de 2012

De la corrupción, el disimulo y la ostentación

Cuando llegamos a Bissau nos escandalizaba el descaro con que el aparato del gobierno funcionaba. Los sobornos y pagos silenciosos, la apropiación de bienes públicos, la desaparición de miles de millones de subvenciones que nunca llegaron de verdad al país. Pensábamos que era un lugar tercermundista. Ja.

A raíz de un artículo que llegó por internet, en el que una corresponsal alemana hablaba de la crisis española a sus compatriotas en términos de corrupción y perversión del sistema, la reflexión que ya latía dentro de nosotros (África empieza en los Pirineos) se hizo abierta y manifiesta. Sabemos que en España hay una corrupción feroz, despiadada, que ha llevado a lugares desconocidos miles de millones de fondos de la Unión Europea que no han creado riqueza ni estructuras modernas (aparte de las carísimas autopistas y el AVE), que no han generado industria, que han subvencionado modos de vida no productivos. En España, en Italia, en Grecia, en Portugal. Recibimos dinero y nos dejamos hacer.

Por si esa conciencia fuera poca, la certeza de los últimos acontecimientos en España, vista desde lejos, es desoladora. Un gobierno que se jacta de recortar presupuestos y se aplaude a sí mismo en lugar de comprender, lamentar y manifestar algo de "empatía" (¿sabrán lo que es?) por los que lo pasan mal, muy mal. Un sistema no democrático -no elegimos a nuestros representantes- que se basa en el feudalismo: un jefe que dice quién entra y quién sale de la foto y que no debe responsabilidades a nadie (eso va por todos nuestros partidos, ¿eh?, que todavía no los he visto a todos juntos exigir listas abiertas). Un sistema en el que una persona no es un voto, es lo que valga la autonomía en que viva o la ideología que represente. Un sistema en el que no hay transparencia ni, por qué callarlo, vergüenza.

El Gobierno de turno, esta vez del PP, lanza la policía contra los manifestantes con la clara intención de matar dos pájaros de un tiro: ensuciar la imagen de las únicas fuerzas de seguridad democráticas del Estado y asustar a los discrepantes. Estoy segura de que hubo provocadores, sí, pero de todo color y cariz: sé de muchos radicales de ambos lados (izquierda y derecha) que buscan la confrontación para sacar provecho propio. En el medio, la masa ciega que brama sin saber y que se deja llevar de un lado a otro, con sensación de oveja: ahora grito contra unos, ahora protesto contra otros.

Los recortes más descarados de la historia reciente de España, una vez desprestigiados los pilotos, los constructores, los albañiles y fontaneros, los profesores, los médicos, los funcionarios y tal (oiga, cada vez quedan menos para emponzoñar), destruida la clase media y llevada hacia la indigencia, hablan de reducción de derechos y aumento de impuestos. Mientras, el Parlamento aprueba un bono taxi de más de dos mil euros por diputado al año, aumenta la subvención de la cafetería del Congreso, paga multas de estacionamiento a los coches oficiales, destina dinero público para el pago de plazas de aparcamiento en aeropuertos...

El descaro es lo que hace la corrupción más evidente. Es esa eterna sensación de ser omnipotente, indestructible y todopoderoso lo que lleva a nuestros políticos a semejantes desfachateces. No es que estén bien o mal, es que hay que saber guardar las apariencias en tiempos tan complicados. Les fallan las formas por prepotencia. No somos tan distintos de Guinea Bissau. Y ni siquiera protestamos juntos no siendo que vayamos a parecer de otra ideología. Como si el problema fueran la derecha o la izquierda, y no la corrupción del sistema. Qué pena de país.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Camino de Quinhamel

Paseíto matutino

Aves amarillas (las hay a cientos en un árbol)

Reciclaje de verdad

La que suscribe el blog

Así es, de verdad, la selva aquí. Cerrada cerrada

Otra avecilla del camino

Con pinturas tradicionales en reunión de mujeres y niños

Tronco del famoso baobab

Esto sí es algo: fútbol domignuero



A ver si encontráis la cabra (está, de verdad)
Aquí no hay que buscar nada. Los cinturones de seguridad ;P

Refugiándose del sol camino del partido de fútbol

viernes, 14 de septiembre de 2012

Tan "agustito"

Viernes noche. Mi husband tiene una cena de trabajo y me he quedado sola en casa, como en la película pero sin ladrones. Como tengo la conciencia tranquila porque ya he terminado mis dos semanas de formación a profesores, he estado todo el día husmeando en Internet en busca de recetas de cocina, viendo vídeos de canciones antiguas argentinas (si se calla el cantor y otras similares) y remoloneando ante el ordenador.

Aquí, pensando en cómo pasar la noche del viernes, se me ocurrió poner en práctica una receta que encontré esta mañana: yuca brava. La misma historia de las patatas bravas pero con yuca cocida y luego frita. Apañé dos mandiocas o yucas que se estaban pudriendo en la encimera y me lancé al plato en cuestión. He de decir que había hecho muchas recetas de salsa brava, pero como la de hoy, ninguna; la bajé de un programa de RNE, Cocinar y cantar.

En fin, que como la salsa quedó estupenda me he dado un homenaje comiendo un suculento plato de yuca brava regado con una deliciosa cerveza Super Bock bien fría y en vaso helado. Con un leve aire acondicionado para compensar la elevada humedad. Un lujo asiático, que diría una amiga mía. Ahora sólo tengo que encontrar una buena peli (Greenaway tiene todas las papeletas, es él o una de dibujos animados) y dejar que le jour s'ecoule mientras llueve mansamente y la tormenta ruge ensordecida alrededor. Pequeños placeres..

martes, 11 de septiembre de 2012

Nostalgia

Hoy ha llegado el contenedor con los enseres de un español que llegó en agosto y vive al lado de mi casa. El aviso de la llegada, repentino y deseado, iluminó la cara de su mujer, que estaba tomando café conmigo. A la hora ya había un largo camión afincado en la puerta de su casa, un montón de gente descargando cajas, el transitario, el encargado, el chofer del español, un colega guineano, algunos seguranzas y, por supuesto, nuestros niños perdidos, bailando y retozando alrededor. De fondo, una inmensa tormenta tronaba largamente.

Ver la precipitación, la algarabía y la capacidad de congregación del evento me hizo rememorar el día en que llegó el nuestro, hace casi un año ahora. Teníamos, como ellos, la casa vacía convertida en un eco continuo cada vez que hablábamos, y añorábamos un sofá donde pasar las tardes, los libros, las películas y alguna menudencia más (mis cacharros de cocina, of ourse). Incluso la fecha es relevante, como ocurrió con nosotros

Ese recuerdo me llenó de nostalgia. ¿Hace ya un año que vivo aquí? El tiempo vuela. Lo cierto es que, como no me había fijado metas más allá de la adaptación y lograr que la casa tuviera un nivel digno de habitabilidad, el balance es positivo. Si acaso, lamento no saber hablar más criollo, que ha ido perdiendo importancia ante la necesidad del portugués y el francés en otros ámbitos de la vida. Incluso, del inglés. Y tampoco empecé la huerta famosa, y eso que todo brota en cuanto le enseñas un grano de arena. Me lo apunto como deberes.

Este año empieza con tarea (estoy colaborando con una cooperativa de profesores) y eso me anima mucho. En el examen salen también como logros positivos haber logrado tener relaciones personales al margen de mi pareja, es decir, tener vida social autónoma; manejarme con cierta soltura por la ciudad, que mis perritas están sanas a pesar del clima y seguir siendo, sin pretensiones, feliz. Ah, y que aún me encanta ver el ambiente de la ciudad y de Bandim cuando cae la tarde. Si no ha perdido embrujo esa sencilla rutina, es que aún hay cosas en Bissau que pueden fascinarme.

Tal vez un día publique una de esas entradas que escribí cuando aún no tenía muebles y que me recuerda lo curioso de este lugar. Sólo para echar una sonrisa nostálgica.

lunes, 10 de septiembre de 2012

El curso en España

Estos días ha comenzado el curso escolar en España con exámenes, evaluaciones, matrículas, organización escolar, horarios... Desde la información que me llega, con nuevas normativas que aún está por ver cómo afectarán a la calidad de la enseñanza. Supongo que, además, con la crisis en el aire, habrá miedos e incertidumbres que se añaden a la certeza de la nueva bajada de sueldos.

Cuando era niña, había un dicho que era: "ganas menos que un maestro de escuela". En verdad, mis padres, que eran maestros, ganaban entre los dos menos que mi tío, que era delineante en el antiguo Ministerio de Agricultura. Los cuatro hijos heredábamos ropa, libros y bicicletas y hacíamos uso de las bibliotecas públicas para cumplir con las obligaciones de los libros de lectura. Cuando los demás ya usaban "rotring" para el dibujo lineal, nosotros aún utilizábamos tiralíneas y tinta china. Eso me recuerda, también, lo torpe que era con esa técnica -tengo muy mal pulso- y lo mayor que soy. Las matrículas de los estudios (por ejemplo, la universidad) eran gratuitas, pero no tenías derecho a beca, lo que hacía que la adquisición de material escolar o estudiar en otra ciudad fuera muy oneroso para nuestros padres, que tuvieron tres hijos a la vez estudiando fuera. Luego, los sueldos comenzaron a equipararse a los de los demás trabajadores y la cosa fue mejor.

Parece que ahora, dispuestos a deshacer entuertos pasados, el Gobierno se ha empeñado en no discriminar y dentro de poco se dirá "ganas menos que un funcionario". La bajada de sueldos de los funcionarios (incluso de los que no lo son -los más- pero son llamados así por ignorancia) toca a todos ellos en un año en el que las tasas de matrícula aumentan, el IVA aumenta, el precio del material escolar aumenta, el precio del transporte aumenta, el pago de muchos tratamientos médicos y ortopédicos se comparte... Es un panorama difícil y desmotivante. Volver a trabajar con el futuro negro, no sabiendo si te recortan o te desplazan, después de años preparando unas oposiciones que ahora son más duras casi que las de judicaturas, hará que el regreso se ponga cuesta arriba.

Es cierto que, al menos, los funcionarios tienen trabajo -por ahora-, pero dará una inmensa tristeza ver cómo ha ido bajando también la calidad de vida de los alumnos y sus familias, las dificultades cotidianas para subsistir, que siempre se dejan traslucir en la vida escolar; la impotencia por no poder hacer nada para colaborar, porque la Administración limita el margen de ayuda pero no la obligación de gasto por padre en cada hijo, que crece de día en día. A ello se unirá el aumento de alumnos por aula (que incluso en los centros concertados empieza a ser exagerado) y la disminución de recursos. Para mí esto tiene una lectura: se baja la calidad de la educación y se reduce la posibilidad de recibir una formación adecuada, restringiéndola a unos pocos centros y unas pocas familias. Se acabó la igualdad de oportunidades.

Es cierto que antes teníamos casi cuarenta en clase y no pasaba nada; yo empecé así. Pero eran niños sin tecnología y que no decían ni pío en el aula. Que si no estudiaban o atendían, al menos no molestaban (consuelo poco pedagógico, por cierto). Por el camino se quedaban los malos o los torpes, que se iban a trabajar. Ahora la ley los obliga a estar en los centros hasta los dieciséis quieras que no y la falta de trabajo los deja dentro mucho más tiempo, sin intención de estudiar, sólo recogidos como en una guardería esperando a que pasen los años y el temporal.

Por eso, desde aquí, quiero mandar un fuerte abrazo a todos los que empiezan ahora el curso escolar: profesores, directivos, alumnos, familias, personal no docente... un abrazo y muchos ánimos. Quizá todo esto sirva para volver a hacernos responsables y dar valor a lo que verdaderamente importa. Me quedo con eso: este esfuerzo podrá -tal vez- recuperar el valor de la enseñanza y del esfuerzo colectivo, de familias y docentes, en el futuro de todos. Valor y al toro.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Tocarnos las manos

El comportamiento de la gente es un fiel reflejo de su cultura y costumbres; incluso de su educación. Así, cuando alguien comienza a relacionarse con personas de un país diferente, sus costumbres y hábitos nos van enseñando la sociedad en la que se desarrollan. Toda esta cháchara para decir que cuando uno llega a un país nuevo, sus habitantes lo ponen a prueba de diferentes maneras para calibrar si es digno de ser tratado o no.

A veces son pruebas curiosas; cuando estuve en Polonia, los profesores con los que trabajábamos nos llevaron el primer día a beber cerveza, e insistían en ello hasta disgustarse si alguien no tomaba un poco de alcohol en la cena. Luego una compañera española que había vivido tiempo en países vecinos nos explicó que si no sabes beber y compartir, les pareces poco digno de confianza. Por supuesto, si te emborrachas también. He de decir que en aquella ocasión salimos todas las españolas muy bien paradas, al igual que los y las alemanes/as.

En Bissau hay otras pruebas inconscientes. El jueves, en el descanso de una de las charlas, me quedé sola en la clase. Enfrente de la ventana donde estaba había dos niños, de unos siete y once años. Cuando me vieron, llevado por la curiosidad, el mayor se acercó lentamente al vano, me miró de lado, casi esquivando mis ojos, y murmuró "i kumá?" mientras introducía, despacio, la mano derecha por entre los barrotes, dejándola balancearse en el aire de lado. Alargué mi mano y se la estreché, suave y largamente. Bem, dereito, le dije. Esa fue la señal para que el otro niño se acercara y me diera la mano también. Si hubieran sido once, los once habrían repetido ese acto.

Cerca de nuestra casa viven dos niñas de cuatro y nueve años (más o menos, es que aquí los niños pequeños son muy grandes) que siempre nos saludan, al igual que sus padres, pero que rara vez se habían acercado a nosotros. Un día la más pequeña, haciéndose la valiente con unas compañeras que nos miraban extasiadas, se acercó decidida para demostrar que éramos amigos suyos (nosotros y las perras). Ni corta ni perezosa, alargó la mano y se la ofreció a mi marido, que, cordialmente, se la estrechó. Súbitamente su concepto del blanco la sorprendió y dio un bote: la piel era muy fina! Le cogió la mano y la acarició y miró de arriba a abajo. Luego le señaló el pelo -entonces les daba vergüenza hablar con nosotros) y él, divertido, se agachó y dejó que se lo tocara. Inmediatamente todo el grupo se acercó y lo tocó. Luego fue mi turno y después el de Dama, nuestra perra belga.

La casa de nuestras amigas
En este país las relaciones son todavía muy físicas, muy estrechas. Mantienen un contacto cercano unos con otros, tanto entre mujeres como entre hombres. Los niños y niñas mayores cargan en sus espaldas a sus hermanos, los hombres, jóvenes o adultos, caminan cogidos de la mano y hasta algunas veces de la cintura, como suelen hacer las mujeres. Cuando alguien te saluda, te da la mano, y si tiene confianza contigo -o quiere tenerla- la retiene un tiempo mientras te habla, sujetando así el lazo de unión entre los dos. Si un hombre o una mujer te acompañan para indicarte el camino, lo harán llevándote agrarrado, mano con mano, sin apretar, pero firmemente sujeto, como queriendo decir: yo te guío, no tengas miedo. 

El tacto es tan importante como la palabra. Así como un bebé va estimulando su cerebro con diferentes texturas (cuántos niños vemos andar rozando todas las paredes y ventanas con la punta de los dedos), los niños en la Guinea testan tu humanidad tocándote. Un poco igual que los adultos. No lo pueden evitar. Si te quieren conocer no hablan, te dan la mano. El tiempo que queda sujeta es, la primera vez, muy corto, pero sirve de sondeo. Luego ya te miran a los ojos, que la vista directa les da más vergüenza.

Es curioso, y a la vez agradable, porque entiendes que ellos, aún, necesitan la cercanía del otro para sentirse bien, algo que la civilización ahoga en otros lugares, donde la gente se relaciona cada vez más por teléfono e internet. Del aislamiento viene la incomprensión y de ahí la soledad. Quizá, sólo por involución sanadora, deberíamos tocarnos un poco más para sentirnos más humanos.