Una de las primeras cosas que extrañé en Bissau fue la luna. Durante días la busqué en el cielo sin descanso, pero era difícil encontrarla. Como animales que somos, nuestros ojos zamoranos buscan la luna en lo alto del cielo, allí donde la hemos visto aparecer, y encontramos el sol naciente a nuestras espaldas y poniente delante de nosotros, Valencia y Galicia alrededor. En Bissau la luna vive a ras de suelo y, desde la orientación de mi casa, el sol gira saliendo de lo alto de un hombro a otro, de derecha a izquierda, sin previo aviso.
Es un pequeño ejemplo de la enorme diferencia que hay entre los dos mundos, entre España y Guinea-Bissau. Todo lo demás es igual de diferente. Al principio, me angustiaba no ver la luna, ni reconocer las estrellas que lucían en el cielo. El habla extraña y los gestos tan dispares… tanto estudiar el lenguaje corporal para tener que empezar de nuevo!
Por eso ayer me sentí confortada. Al salir a tirar la basura, me sorprendió notar que mis ojos, por instinto animal, me mostraban la luna a la primera. Una luna fina y estirada. La luna se ríe, le dije al guarda, y él se rió también (no voy a escribir en qué idioma lo dije -en babelio-, menos mal que ya me entiende algo). Comprendí que mi cuerpo ya se está habituando a este lugar. Al calor, al viento que refresca algunos días, a la bruma que avisa jornadas agobiantes de polvo y calima, a las palabras que no entiendo pero reconozco criollas, a los gestos serios y corteses de los desconocidos que me ven paseando con las perras y, quizá por timidez (no saben si les entiendo, yo sé que no), levantan la mano en lugar de decir bõa tarde.Eso no significa que no extrañe nada, pero al menos me indica que mi mente se habitúa y mi cuerpo reconoce, como propias, las costumbres que va adquiriendo en este país.
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