La idea no es nueva, sigue los pasos de algunas favelas brasileñas, pero no por ello deja de ser bonita. Los niños y jóvenes (chicos y chicas) ejecutaron las piezas con brillantez, y ver bailar a algunas pequeñas de tan sólo siete u ocho años, o admirar las piruetas y saltos increíbles de algunos varones fue verdaderamente asombroso; por no hablar de los percusionistas, que permanecieron durante dos horas tocando sin signos vivibles de fatiga, incluso durante los discursos y entrega de reconocimientos a personalidades (que hubo en gran número, dado que les gusta mucho todo ese protocolo), atreviéndose en ocasiones a incrementar el ímpetu de sus interpretaciones hasta inundar cuerpos y almas con su música.
Aún fueron más interesantes los atuendos que llevaban, y que representaban a las principales etnias en sus ropajes, pinturas y danzas. Es curioso cómo gusta la sociedad guineense de la gesticulación extraña: los muchachos retorcían sus caras y realizaban movimientos extraños, como animales, girándose los labios o contorsionándose, y eran muy celebrados por el público. Fuimos testigos privilegiados, máxime cuando el desarrollo mal entendido lo primero que hace es avergonzarse de sus orígenes y tradiciones. Espero que eso no ocurra en Bissau, ya que forma parte de una cultura que aún desconozco.
Su energía (la de todos) no tenía fin y el espectáculo se hizo ameno e interesante, lleno de simbología y buenos deseos. Al menos, el evento confirmó que se está realizando una gran labor en la formación de los "Netos" y la preservación de las tradiciones. Cuando salimos, la mayoría de los asistentes nos moríamos de ganas de bailar y movernos. ¡Menos mal que los blancos no lo hicimos, con lo patosos que resultamos ya en condiciones normales! Fue una de esas actuaciones que mereció, y mucho, la pena ver.

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